20 de julio de 1969

–¡Los americanos ya están en la Luna!

Nos detuvimos un momento a mirarla, recién salida de detrás de los montes y quieta allí en una esquina del cielo, como pidiendo permiso para entrar.

El salón parroquial estaba abarrotado y un locutor de voz algo pastosa repetía sin misericordia datos sobre el cohete y la distancia recorrida, la órbita terrestre y la fuerza de gravedad...

El señor cura bajó el volumen hasta casi enmudecer el aparato y dijo que íbamos a asistir a un acontecimiento histórico, la llegada del hombre a la Luna, pero que nadie se engañara, porque a pesar de los avances de la ciencia, arriba estaba Dios, al que le hubiera bastado con soplar aquella tarde para que el cohete de los americanos volase por los espacios como una paja por el aire de las eras...

El alcalde quiso también decir unas palabras, pero el señor cura zanjó la tentativa con un aspaviento.

La imagen que todos esperábamos ver, la de los astronautas pisando la Luna, tardaba en aparecer y algunos, solicitados por el sueño, se fueron marchando.

En la pantalla volvían a aparecer las imágenes del despegue del Apolo X en Cabo Cañaveral, con la larguísima estela de humo que soltaba según se iba alejando cielo arriba, y las caras serias de los científicos de la NASA pegadas a las máquinas llenas de botones desde las que controlaban todos los detalles del viaje.

Eran casi las tres de la madrugada cuando Neil Amstrong bajó de la nave y pisó el suelo de la Luna.

El silencio expectante estalló finalmente en aplausos, con el alcalde y el señor cura pugnando por ver quién era el que más ímpetus ponía en la celebración.

Se lo expliqué todo a mi abuela a la mañana siguiente y ella se me quedó mirando, muy seria:

–¡Ay, alma de cántaro!