En Vano
El reto de Tom Cruise
Cada cumpleaños, Tom Cruise, Tom, aumentaba en sus películas los riesgos que debían afrontar sus personajes, que no son más que él mismo, pero con otro nombre
Nada ha envejecido más a Tom Cruise que Ana de Armas. El héroe de «Top Gun» sobrellevaba la edad en medio de un trampantojo de acrobacias circenses y juegos de funambulistas. Durante años, creíamos que su querencia por participar en las escenas de acción y prescindir de los especialistas se debía a esa delicada cuestión que es el ajuste presupuestario de las producciones: el Excel más temido en Hollywood. Pero ahora comenzamos a vislumbrar una realidad distinta, inquietante, de hombre más común y próximo a nuestras circunscripciones, y es que, en realidad, esa decisión se debía a la infatigable carrera contra el tiempo que había emprendido el actor desde que su juventud comenzó a desvanecerse en una molesta madurez y, luego, en esa línea de fuga que conduce hacia esa prórroga de la vida donde al sentido común se le llama sabiduría.
Cada cumpleaños, Tom Cruise, Tom, aumentaba en sus películas los riesgos que debían afrontar sus personajes, que no son más que él mismo, pero con otro nombre, porque él es uno de esos actores que interpretan desde el yo. Unas piruetas ideadas bajo el eslogan popular del más difícil todavía y que poseían el atractivo que siempre supone contemplar cómo alguien compromete su salud física. Quedaba la impresión de que el muchacho libraba un combate consigo mismo por encontrar el límite de su valor, pero lo que pretendía demostrar es que, al contrario de lo que le sucede a Tom Hardy, Jason Statham o Daniel Craig/James Bond, a él no le duelen las rodillas después de los cincuenta. Es como si la adrenalina fuera para Tom un sustitutivo del bótox y el cirujano plástico.
Su inconsciencia para saltar en moto por un precipicio, volar en las alas de un avión o sumergirse hasta la asfixia en contenedores de agua le aseguraba que los espectadores todavía lo percibieran como aquel muchacho dentudo que alcanzó la fama en «Risky Business» o ese camarero enamorado de Elisabeth Shue. Una apuesta que le funcionaba a pesar del evidente deterioro que dejaba traslucir en cada una de sus misiones imposibles, una saga de aventuras que ha derivado en un imprevisto fotomatón sobre la biografía de su cara. Más que una serie es una performance cinematográfica.
Este intento periódico de recordarnos que todavía es joven y que es inmune a las acometidas del tiempo se ha derrumbado al salir con Ana de Armas. Cada fotografía al lado de esta Marilyn/Made in Cuba, más que enseñar lo que es Tom, revela lo que ya no es. Al parecer, Cruise no ha reparado todavía que existen amores que reverdecen y otros que agostan y este es uno de los que sacan a relucir los años del deneí. La felicidad jamás ha sido demasiado fotogénica y suele dejar sonrisas que hasta el más presumido borraría del carrete del IPhone.
Y es que Tom, tronco, colega, tendrías que haber aprendido que, a partir de cierto momento, hay muchachas de las que conviene apartarse, por puro egoísmo, porque te obligan a elegir entre la tiranía que son los dictados del corazón y el rostro que a partir de ese día te mirará desde el fondo del espejo y que ya nunca más podrás eludir.