Puente

Ramón Tamames
Ramón Tamames FOTO: Cristina Bejarano La Razón

Casi como un eterno «ritornello», surge en España la controversia sobre la longitud de nuestros puentes laborales/festivos, como los de mayo o diciembre, que alargan hasta durante cuatro o cinco días, si no más, la interrupción de las tareas corrientes de la actividad económica y profesional de tantos millones de gentes.

Me acuerdo muy bien cuando en una sesión del Congreso de los Diputados, hace ya muchos años, se intentó por el Gobierno de Suárez hacer una refundición de esos puentes, para acortarlos en su duración global. La voz más disonante en esa propuesta, fue la de Marcelino Camacho, líder sindical de CCOO. En apariencia paradójicamente, dijo que no había que cambiar nada en el tema, porque los trabajadores aprecian mucho esos descansos no inesperados, que llegan siempre en el momento tal vez más oportuno, para durante unas jornadas, apartarse de las preocupaciones y del laboreo continuo.

Otra razón de peso en el tema es que con los puentes, y con movilizaciones de hasta 20 millones de unidades automovilísticas, es el entero país el que se pone en marcha, con recorridos considerables a través de carreteras y vías ferroviarias, y no poca aviación. En esa dirección, hay un flujo que puede superar los 20.000 millones de euros (punto y medio de PIB) en un episodio como el último de diciembre. El mejor remedio, se diría, para la España vacía, adonde se dirigen muchos de los recorredores de caminos y buscadores de sitios apartados para descansar.

Me ha tocado este largo puente de la «Inmaculada Constitución» en un hospital, donde permanezco desde hace más de una semana. Reponiéndome de una dolencia que va superándose, eso creo. Paciencia y buena conciencia serían las recomendaciones y no dejar que el tiempo en una habitación hospitalaria, pulcra y soleada, pueda transformarse en disipación y holganza «sine die»: libros de Miguel Bosé,m ario vargas llosa, leonard o Padura, o Michel Houellebecq, me han amenizado mucho las horas.