Opinión

Memoria del «Azor»

No soy capaz de comprender la docilidad social donostiarra con Franco en vida, y el odio visceral con Franco muerto hace ya cuarenta y tres años. Paseaba por el malecón de Ondarreta cuando arribó, bahía adentro por la barra que separa Urgull de la isla de Santa Clara, el «Azor». Primeros días de agosto a principios de los setenta. Un grupo de jubilados, vestidos a la donostiarra, con chapela ancha azul marino, chaqueta de verano y pantalones grises, advirtió la llegada del «Azor», y uno de ellos se limitó a comentar. «Esto quiere “deshir” que un día de estos llega “Pachi”». En verano, la bahía de La Concha, desde la perspectiva de Ondarreta, tenía dos puntos referencia. La gabarra privada de «Yoldi» y el «Azor». La primera muy cercana a la orilla de la playa de Ondarreta, y el segundo, amarrado a las tres grandes boyas al socaire de la isla. «Yoldi» era el gabarrón de los pijos, que cosían a sus trajes de baño un triángulo con fondo verde y la «Y» que consignaba su condición de socios. En marea baja, «Yoldi» parecía inmediato a la orilla, pero la mar engaña. Las distancias en el agua no son las mismas que desde tierra. Y «Yoldi», con el cuerpo sumergido y sólo cabeza emergida, no estaba tan cerca. Con marea alta, «Yoldi» se ubicaba más o menos a la misma distancia que el sur de Inglaterra. El «Azor» estaba reservado a los nadadores intrépidos que a brazadas alcanzaban la isla de Santa Clara. En la hora del baño, los días de calor, el amparo de la isla reunía a muchos barcos. El «Norte V», que era el de mi padre y hoy el de mi hija, fondeaba en la inmediatez del «Azor», y se distinguía perfectamente al Generalísimo, siempre vestido con chaqueta azul, pantalones grises y la gorra marina de plato. Las medidas de seguridad eran nulas. Los nadadores cansados se recuperaban a babor y estribor del barco de Franco, siempre auxiliados por la marinería. Embarcaba desde el Real Club Náutico en una lancha de la Comandancia de Marina, sin ocultarse. Jamás sufrió un intento de agresión o atentado, y lo tenían a huevo frito, expuesto continuamente. Un valiente «abertzale» lo habría fulminado de haber existido un valiente «abertzale». Pero nada. En 30 años, ningún vasco se atrevió a disparar contra un blanco perfecto. Cuando falleció Franco, todos lo querían matar, pero ya era tarde. Y hoy, 43 años más tarde, los valientes derriban sus estatuas, los héroes borran sus huellas, y como dijo Felipe González, «ninguno se atrevió a descabalgarle en vida, y ahora se creen muy atrevidos derribándolo en bronce».

Resulta divertido el antifranquismo visceral sin Franco protagonizado por personas que no vivían durante el anterior régimen. Resulta preocupante su desequilibrio emocional. Los auténticos antifranquistas contemplan con estupor cómo una multitud de pijos y aprovechados les ha robado su resistencia. En el País Vasco, en San Sebastián, Franco era recibido y despedido por multitud de embarcaciones chiflando sus sirenas. Nadie les obligaba. Mi padre, como leal «juanista» jamás contribuyó al homenaje. Y hoy, los hijos y nietos de los agasajadores, se han convertido en contumaces luchadores contra nadie, porque Franco ha muerto, el franquismo murió con Franco, y aquí paz y después gloria.

Franco vive y está presente por la obsesión de quienes lo aborrecen. Jamás se le pasó por la cabeza seguir siendo el protagonista de la actualidad cuarenta y tres años después de muerto. Pero, graves injusticias aparte, estos pijos que hoy sólo piensan en él, viven bien gracias a él. La Memoria Histórica ésa, pretende convertir en delito cualquier elogio al franquismo. Pero nadie reniega de la Seguridad Social, nadie deshabita las decenas de miles de viviendas protegidas, y nadie se muere de sed gracias a los pantanos que tanto nos hicieron reír.

Yo aborrecí a Franco. Para mí, es una postal de mi juventud. Una postal que han llenado de color los antifranquistas tardíos que hoy le rinden homenaje de recuerdo todos los días.