Opinión

Tiempo de balance

Vamos a finalizar un año y a comenzar uno nuevo, tiempo para balances y proyectos de futuro. El de este año es que sigue agravándose el problema fundamental de la humanidad, de España y de Europa: el olvido de Dios, la negación de Dios, como si no existiera. Dios es el único asunto central para el hombre y para la sociedad. El Papa San Pablo VI definió el ateísmo como el drama más grave de nuestro tiempo. El silencio de Dios es con mucho el acontecimiento fundamental de estos tiempos en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias deshumanizadoras.

San Juan Pablo II afirmaba en su penúltimo viaje a España, «el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida, pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para la sumisión de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida».

El olvido de Dios, en efecto, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma valores éticos. Una sociedad sin fe es más pobre y angosta. Un mundo sin abertura a Dios carece de aquella holgura que necesitamos para dar lo mejor de nosotros. Un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que funda su dignidad, y de aquel amor primigenio e infinito que es la raíz de su libertad.

Por esto mismo, en medio del silencio tan denso de Dios, desde mi ministerio como Obispo, ahora en Valencia, en España o donde esté, no quiero que sea otro principalmente que hacer resonar públicamente con todos los medios a mi alcance, hablar de Dios, como el sólo y único necesario, y exhortar a que centremos toda nuestra vida en El, porque en El está la dicha y la salvación.

Al finalizar un año y comenzar otro nuevo pido a Dios me dé fuerzas para no cesar en este anuncio y que me conceda sabiduría y experiencia suya para no hablar con palabras gastadas, sino vivas y verdaderas. No se trata de sacralizar el mundo sino proclamar una vez más, que sin Dios nuestra vieja Europa va a la deriva, camino de su destrucción.

La solución al desorden e incertidumbre de futuro –con todos mis respetos a quienes no lo compartan– es que el mundo crea. La hora presente, debe ser la del renacimiento moral y espiritual, la hora de Dios, de su reconocimiento y afirmación, de renovar la vida interior de las comunidades eclesiales y de emprender o proseguir una vigorosa, sólida y audaz, acción evangelizadora.

Vivir la fe y comunicarla a los demás es nuestro inaplazable servicio a los hombres, sin que esto signifique encaminarse a un neoconfesionalismo, ni resucitar ningún tipo de «cristiandad», ni revivir ningún «sueño de Compostela». Menos aún de imponer ninguna ideología, porque creer es un acto libre que no se puede imponer a nadie, porque la verdad de Dios nos hace libres.

Se trata sencillamente de creer en Dios que nos hace hermanos, en Jesucristo, que nos ha manifestado la dignidad de nuestra vocación de ser hombres, que es esperanza para todos, singularmente los más necesitados. Se trata de abrir las puertas a Cristo sin ningún miedo, de abrir a su fuerza salvadora las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. Y esto porque Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo El lo sabe.

Personalmente, confieso con toda sinceridad y creo plenamente convencido con toda verdad, con la Iglesia y dentro de ella y por puro don y gracia divina, en Jesucristo como el Salvador de los hombres. Por esto afirmo con toda sencillez y se lo ofrezco a los demás que no podemos excluirlo de la historia de los hombres sin ir en contra del mismo hombre. La Iglesia no tiene otra riqueza ni otra fuerza que Cristo; no posee ninguna otra palabra que Cristo: pero ésta ni la podemos olvidar, ni la queremos silenciar, ni la dejaremos morir. Anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es nuestro mejor y mayor servicio a los hombres. Se trata, en suma de ser coherentes hoy con la fe y la experiencia de Jesucristo que es paz y esperanza para todos. El Papa San Juan Pablo II, en la consagración de la Catedral de la Virgen de la Almudena de Madrid, nos dijo claramente: «Salid a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura, en la vida política». Necesitamos superar la vergüenza y los complejos y no echarnos atrás en el anuncio y presencia del Evangelio. Y esto siempre desde el respeto exquisito y pleno a las convicciones ajenas, sobre todo a las personas y a su libertad. Nunca desde la imposición o la exclusión. Este es el futuro. El proyecto de la Iglesia para un futuro de la humanidad no puede ni debe ser otro que evangelizar de nuevo, como en los primeros tiempos.