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Opinión

La isla de la vergüencita ajena

Una hora y media de experimento sociológico que parecieron en realidad tres y que bien podría haber sido media.

Es, muy posiblemente, la vergüenza ajena la emoción con la que peor me manejo. Quizás porque no depende de mí exclusivamente y me cuesta mucho gestionarla. Es como si una señora muy gorda se te hubiese sentado encima y apenas te dejara moverte y respirar con dificultad. El martes me pasé todo el episodio final de “La isla de las tentaciones” bajo la obesidad mórbida de una señora invisible. Y tan a gusto, oiga.

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Con espíritu entomológico me senté ante la TV a ver desfilar parejas en la hoguera final. Una hora y media de experimento sociológico que parecieron en realidad tres y que bien podría haber sido media. Porque con tanto plano de fuego, tanto plano de playa, tanto plano de noche, tanto alargarlo todo, aparte de no conseguir el efecto dramático que perseguía, más bien inducir al bostezo, consiguieron que en mi cabeza sonara una y otra vez el “será que no me amas” de Luis Miguel. Pero yo, al contrario que él, sí culpaba a la playa y sí culpaba a la noche.

Los primeros en llegar fueron Andrea e Ismael, que vieron juntos (una riendo y el otro sufriendo) cómo la primera retozaba bajo las sábanas con Óscar, con el que finalmente se marchó. El novio abandonado dejó para la posteridad la frase “entré siendo un niño y me voy siendo un hombre”, que debe ser la versión épica de un mucho más coloquial “vaya tela, tronco, en las que me tengo que ver”, que es lo que su cara parecían dar a entender. “Yo no he venido a un campamento porno”, exclamaba la criatura ante las imagenes de su novia encamada con otro mientras ella se reía. Qué bochorno.

Se excusaba Andrea diciendo que en todo momento había hecho lo que había sentido. Qué bien que sintiera que le apetecía un polvazo con un recién conocido y no poner una bomba bajo una palapa o descuartizar a todos sus compañeros. El campamento porno podría haberse convertido en una versión tropical de Viernes 13 a poco que a la chiquilla se le hubiese puesto entre ceja y ceja. Porque claro, todo el mundo sabe que si haces lo que sientes, automáticamente, queda legitimado. Por encima de lealtades, compromisos, códigos morales y/o penales.

Alejandro y Fiama tampoco lo pasaron bien del todo. Sospechas de traiciones, pactos y secretos, tonteos varios, llantos, sobreactuaciones (ese romper la foto, ese quitarse el anillo). Que nos gusta un buen drama. Al final se fueron juntos pero con una conversación pendiente.

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Christofer no acudió. No me extraña. Así que Estefanía estuvo sola ante la hoguera y viendo las imágenes de ese “Estefanía” a grito pelado en la playa y al trote de su ya exnovio. Yo en ese momento a punto estuve de apagar la tele, lo juro. Creo que este momento televisivo marca desde hoy la línea roja de mi tolerancia ante el ridículo. Luego vinieron más lloros de Christofer, más revolcones de Estefanía con El Otro y, finalmente, la pregunta: ¿Te vas sola o con un nuevo amor? Estefanía quería irse con Ruben, el exfutbolista por el que perdió la cabeza (y la ropa interior), pero él decidió irse solo porque, atención, lo que le había hecho a Christofer con él podría hacerselo a él con otro. Y para él la confianza es primordial en una relación. Toma ya.

Así que Estefanía se fue sin uno y sin otro por el mismo motivo. Qué paradoja sentimental. Juro que casi me dio penita y todo. Casi.

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Los siguientes fueron Susana y Gonzalo. Aquí el drama fue que Susana no había sentido celos y Gonzalo estaba convencido de que si no sentía celos es que no le quería. Y ella, a su vez, estaba preocupada porque si no había sentido celos es que a lo mejor ya no estaba enamorada. Ojo a esto que aquí hay temote. Se da por sentado que los celos son sinónimo de amor y no de falta de confianza o de inseguridad. Entre esto, que ambos daban por seguro, y que el pelirrojo no paraba de decir “por favor, tío, en serio, tío, no tío” en bucle, sin parar, casi sin respirar, yo ya tenía a mi gorda imaginaria dando botes sobre mi regazo. Qué mal rato.

Y para acabar de arreglarlo, Adelina y Jose se marcaron uno de los momentos más cursis, edulcorados y empalagosos de los últimos tiempos en la historia de los realitys. Con rodilla hincada en tierra y pedida de mano incluida. Ahí ya mi gorda estaba al borde del colapso y yo eché de menos no tener una cápsula sublingual de cianuro, como si en vez de una sufriente columnista fuera una espía doble en peligro dispuesta a no confesar a costa de mi propia vida.

Como contaba , yo esto lo viví con ánimo de disección social, y me he tomado la libertad de considerar a los concursantes como muestreo de nuestra sociedad y, tomándolos como tal -menos protestas, es un experimento sociológico sin más trascendencia ni rigor. Así que no se me pongan tiquismiquis- los resultados son los que siguen:

  • Un 30% de la población son infieles a la primera oportunidad
  • Un 20% de la población se muere de ganas de serlo pero se aguanta
  • Un 10% de la población está segura del amor y la fidelidad de su pareja
  • Un 50% de la población coquetea con otros
  • Un 90% de la población tiene dudas en algún momento
  • Un 50% de la población lleva vestidos varias tallas inferiores a la que le corresponde
  • Un 10% de la población corre por la playa enajenado cuando se entera de una infidelidad

La Isla de las Tentaciones ha sido, en realidad, un Mujeres, Hombres y Viceversa tropical y vestido de fiesta. Sin la espontaneidad, la inocencia y el candor que tuvo Confianza Ciega, esta ensalada de tronistas con piña, coco y ron ha venido a demostrar que a los realitys hay que darles ya una vuelta porque los concursantes, como si fueran morlacos y como diría mi querido Tomás de José, han desarrollado sentido.