Iglesias es el gran problema del rescate

El Gobierno de Pedro Sánchez sabe que el rescate está encima de la mesa de las autoridades de la Unión Europea. Sobre todo lo sabe el equipo económico encabezado por Nadia Calviño, que es consciente de que con las actuales cuentas es imposible que la UE considere que España pueda exigir a Bruselas lo que es incapaz de conseguir en su propia casa. Sánchez puede invertir el poco tiempo que le queda en cuestiones terminológicas entre «ayuda» o «solidaridad» –su socio de Gobierno, Pablo Iglesias, añade una más: «mutualización de la deuda»–, es decir, recibir dinero de Bruselas cumpliendo con unas condiciones de reformas o con todo pagado, pero se trataría de una pura cuestión formal –además de irreal– que ignora el verdadero fondo de la cuestión. Y es que España no podrá superar esta crisis sin el dinero que venga de Europa: lo sabe Sánchez y lo debería saber Iglesias. Depende de la habilidad política del primero, de su credibilidad –es decir, cumplir lo acordado– y del control sobre su propio Gobierno. Y depende de que el segundo deje de revolotear con acusaciones de «austericidio» a quien le va a pedir el dinero. La cuestión va a ser cómo presentar una medida que terminológicamente es traumática como un mal necesario, incluso el menos malo de todos: rescate. Es decir, salvarte cuando estás con el agua al cuello, que, por poner los pies en el suelo, es impedir el cierre masivo de empresas y pequeños negocios, llegar a cotas de paro del 20%, caída de los salarios, depreciación inmobiliaria –donde muchos asalariados pusieron sus ahorros– sin posibilidad de capitalizar lo invertido para poderse asegurar una jubilación digna. E incremento exponencial de la deuda y el precio de nuestra financiación en el mercado. Aquella «prima de riesgo» con la que el último gobierno del PP tuvo que batirse.

En el mismo mapa político está marcada la estrategia y la solución: Alemania y los países más ricos no tienen más remedio que salir en ayuda de España –también de Italia– porque en ello va también la supervivencia del proyecto europeo y la de sus propias economías. Lo que vendría después es la resurrección de los viejos fantasmas. Por lo que hay que jugar con pragmatismo y lealtad. No presentar la senda de estabilidad presupuestaria de 2020 porque quedó «totalmente desfasada», según la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, y esperar a los Presupuestos (PGE) de 2021 no es lo que las autoridades económicas europeas estaban esperando de España, precisamente en un momento en que están en juego la modalidad de ayuda y las condiciones. El próximo 31 de septiembre el Gobierno deberá presentar los PGE en el Congreso con las cuentas adaptadas a la situación económica, en ingresos y gastos, derivada de la epidemia. Esa será la fecha clave. Todos los cálculos indican que se necesitará una liquidez de 150.000 millones de euros, lo que comportará reformas, ajustes, recortes, y no valen las teorías de Iglesias aprendidas de los regímenes populistas latinoamericanos de que la deuda pública no se paga.

Hace unos días, el vicepresidente segundo exigía en el «Financial Times» «un cierto nivel de mutualización de la deuda como condición necesaria para la existencia de la Unión Europea». Ya sabemos que ésta fue la misma estrategia que siguió Yanis Varoufakis, ministro de Finanzas griego –y sobre todo gurú económico del progresismo más glamuroso–, la de llevar al país a una situación límite, momento en el que esperaba que la UE saldría siempre a su rescate. Esta estrategia le costó a los griegos el 25% del PIB y la ruina de sus ciudadanos. Iglesias no es el mejor acompañante con el que puede contar Sánchez para esta singladura –aunque fue la elegida por él–, por lo que no le quedará más remedio que acometer las reformas exigidas, le guste o no a Podemos. Como dijo Emiliano García Page en estas páginas, Iglesias no es lo que necesita España en un momento tan grave para nuestra economía.