Estado de demencia alarmante

En estas circunstancias nada me importaría ausentarme a un par de miles de kilómetros hasta poder despertar de una pesadilla imposible

SITUACIÓN EN EL MASNOU (BARCELONA)
Una persona practica deporte en el espigón del puerto de la población de El Masnou durante la sexagésimo noveno día del estado de alarma por la crisis del coronavirus. FOTO: Enric Fontcuberta EFE

En efecto no vivimos en un estado de alarma, sino que los pobrecitos españoles hemos sido llamados a padecer un estado de demencia alarmante por parte de un gobierno que nos deja tan asolados como desolados. Asolados por la ruina que nos acecha y desolados por la angustia, la tristeza y el dolor que esto comporta. Tantos años luchando y arrimando el hombro por conseguir un país próspero, exitoso, sobresaliente a fuerza de mucho trabajo para auparlo y lograr el bienestar de todos, y ahora, en un pis pas, todo el esfuerzo por el suelo con unos gobernantes que pactan con el terror etarra traficando con el mercado laboral para permanecer en el poder. Unos individuos que conforman un gobierno en estado de podredumbre. Menos mal que nos quedan los seriales televisivos que durante este encierro nos permiten sobrellevar la vida y ahuyentar el espectro del pánico de nuestra mente. Para eso está la ficción, para que nuestras humildes cabezas se coloquen en modo esperanza pensando que lo que vemos pudiera ser una realidad algún día en nuestras vidas. Y pienso en estos momentos en una serie referida a un hipotético presidente de los Estados Unidos –la tierra prometida-, que se encuentra asumiendo la batuta de su país merced a un brutal atentado terrorista en el que sucumbe el sumo mandatario con todo su gobierno en el Capitolio, que queda materialmente destruido. Algo así como le ocurrió a Zapatero, que en la vida había soñado ocupar la Moncloa, pero el atentado de Atocha un par de días antes de las elecciones y las sucias maniobras electorales y de propaganda de su partido permitieron un giro del voto de 180º. Nadie dábamos crédito, como en estos momentos también nos parece una alucinación lo que sucede en España y lo que continuará aconteciendo de seguir estos tipos al mando, que han hecho de la mentira su modus operandi –no sé si podríamos decir “modus gobernandi”-. En los Estados Unidos de Norteamérica el embuste es la mayor atrocidad con la que se puede chocar un ciudadano y muchos mandatarios han caído por esta razón o se han visto obligados a rectificar y a dar explicaciones. Aquí nos deja ya impasibles, es a lo que estamos acostumbrados, y manejan la filfa como arma, cada día, y mucho más en estos tiempos de pandemia, tanto en ruedas de prensa como en los speeches atorrantes de cada fin de semana.

Honestamente confieso que en estas circunstancias nada me importaría ausentarme a un par de miles de kilómetros hasta poder despertar de una pesadilla imposible, que es la vida que estamos sufriendo, con una serie de esperanzas y proyectos frustrados rodando por la pendiente de la más pura ruina. Luego está la gilipollez de la “nueva normalidad”. ¿Se refieren al uso de mascarilla, al teletrabajo o a saludarnos con el codo o será que todas esas cotidianeidades, a las que ya nos hemos acostumbrado, encubren “la ausencia de democracia” que viene?

De verdad que me había propuesto no volver por un tiempo a la política en estas líneas dominicales, y así lo prometí en casa, pero hoy me he permitido este desahogo porque hay otras cuestiones que no me motivan en exceso, cuales son el “Merlos affaire”, que me asombra en un profesional serio, con quien trabajé hace algún tiempo y que acaba de echar a rodar su carrera por un quítame allá esos polvos. Casi prefiero a la adorable Tamara Griñón promocionando el turismo de España en un momento en que se tambalea y hasta se derrumba o el duelo por el niño Lequio Obregón, que nos ha empañado el alma de emoción y de tristeza. Por no hablar de tantas otras cosas que nos sumen en el desencanto…