Una piscina, una ilusión contra la arquitectura

Mi charquita, con un palmo de agua, no debería suponer el menor riesgo para ninguna estructura que no sea mi propia dignidad

La Razón

Con toda la ilusión me he comprado una piscina para casa. De alguna manera tengo que sobrellevar esta situación, mitad camisa de fuerza, mitad hámster en la rueda. Dice una amiga que no sabe si trabaja en casa o vive en el trabajo, así que seré un hámster, pero en remojo. Es una piscina hinchable, infantil, en la que quepo sentado y en la que ya me imagino con botellín de Mahou y gigantesca sonrisa de autofoto. Antes de seguir, voy a confesar algo, no me veo con fuerzas para mentirles. Mi piscina no es infantil, sino una de perros, que son prácticamente iguales y las únicas que se pueden comprar hoy en día, porque en España la demanda de estas maravillas se ha multiplicado un 220 por ciento en el caso de las hinchables y un 546 por ciento para las infantiles. Muchos distribuidores ya no tienen stock y las tiendas de bricolaje las han convertido en su producto estrella. Y la mía costó veinte pavos. Guau.

En la España de secano un balcón es una fantasía. El de casa apenas tiene tres metros cuadrados pero con mi nueva adquisición me iba a convertir, ilusionado por completo, en el propietario del primer ¿por qué no decirlo?, vamos a soñar: jacuzzi exterior de La Elipa. Mis emociones estaban desbordadas, pero, mientras esperaba al repartidor de Tiendanimal, una noticia me heló el corazón. El Colegio de Aparejadores de Madrid desaconseja muy fuerte instalar piscinas desmontables en terrazas y balcones y piden tener en cuenta que hacerlo puede suponer una sobrecarga de peso que ponga en riesgo el forjado mismo, es decir, la estructura del edificio. Incluso en interiores, el volumen del agua puede ser fatal para la resistencia de las fincas antiguas. Eso advierten los expertos, temiéndose un colapso masivo de viviendas obreras por culpa de mamarrachos como yo. Habrán salvado a mi comunidad pero los aparejadores han arruinado mis sueños. He aquí otra constante en mi vida. Siempre hay una persona de ciencias que blande contra mí una estadística o una ley científica que reduce a escombros las cosas en las que quiero creer. Y luego dicen que si les tenemos manía los de letras.

Maldigo mi vida y el desarraigo de la ciudad y me juro que emigraré al campo. Por fin llega mi piscina pero para entonces me siento como Manolo Tena en «¿Qué te pasa?», cuando cantaba «tengo una radio estropeada y tengo un loro que no habla». Todos me dicen qué te pasa y yo no sé qué contestar, recitaba en mis recuerdos con castiza melancolía. Abro el paquete. Otro trasto inútil, otra decepción. Veo mi balsa de plástico como la última muestra de mi ingenuidad hasta que se lo comento a un amigo que me mira con ternura. Mi charquita, con un palmo de agua, no debería suponer el menor riesgo para ninguna estructura que no sea mi propia dignidad. Y al final descorcho la Mahou pensando qué bien resiste siempre la arquitectura de las ilusiones.