Bailar mezclados es bailar

Eso de bailar solo con conocidos y familiares puede que sirva como placebo pero ni de lejos cumple la función de una discoteca

Crónicas kafkianas, capítulo MMCXVII. La curva de legislación chapucera en España se dispara a un ritmo exponencial que la pandemia jamás logró alcanzar. Ya saben, por ejemplo, que los turistas llegan por miles de Alemania pero ir a Logroño a ver a tus padres era, hasta hace unos días, algo peligroso. Desplazarse en el metro o el autobús a currar no presenta riesgos por aproximación de aliento y sobaco pero en los teatros hay que dejar dos metros de perímetro seguro. En un avión, viajeros-ganado; en una oficina de banco, peligrosos focos de contagio. Y así, «ad náuseam».

Ahora les llega el turno a las discotecas. En Cataluña, por ejemplo, acaban de autorizar el baile, pero debes hacerlo con tu tribu. Nada de mezclarse con los no convivientes. La distancia no está regulada, es decir, se permiten tanto chotis como sardanas y el perreo o el «brikindans», pero la mezcla está prohibida. Las discotecas obligarán a los intrépidos danzarines a inscribirse y a bailar solo con personas con las que mantengan un «contacto muy habitual» para que, en caso de fiebre del sábado noche, todo quede en familia: bienvenidos al «apartheid» de la fiesta, a los clanes de Capuletos y Montescos. Puede que la medida genere nuevas especies de la noche con una capacidad nunca vista para el guiño guiño o la mirada fulminante, superdepredadores en este ecosistema hostil al extraño. Darwin estaría interesado. Pero la restricción resultará más efectiva por disuasoria. Ignoro si en Versalles ya era así, pero en mi pueblo uno se expone a la tortura de la pista de baile solo con un motivo: ligar. Sin esa «conditio sine qua non», el esfuerzo y el gasto de ninguna discoteca vale la pena. Que ya lo decía Sergio Dalma: bailar mezclados es bailar.

Esto me recuerda a un famoso «after» que había en Madrid y que yo alguna vez frecuenté. Para evitar protestas vecinales, la música no se ofrecía al público por potentes altavoces sino mediante unos auriculares que se entregaban al entrar. A las horas y en el estado en que mi persona llegaba a ese lugar todo me parecía normal, la verdad. Así que, una vez dentro, cuando querías compartir alguna profunda reflexión con tu acompañante, te retirabas el auricular y le pedías por gestos a tu pareja de baile para que hiciera lo mismo y le transmitías tus pensamientos en un antro oscuro en el que reinaba el silencio absoluto, pero en el que todo el mundo bailaba la misma música. La cosa podría haber resultado poética de no ser porque era lamentable. Lo que estaba claro era el mensaje: aquí se viene a bailar, no a dar la chapa. He de admitir que la experiencia, hasta en los estados mentales más comatosos, era una ruina. Así que, eso de bailar solo con conocidos y familiares puede que sirva como placebo pero ni de lejos cumple la función de una discoteca pues, como cantaba La Cabra Mecánica, es la falta de amor la que llena los bares.