Iglesias y el Che
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El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, rindió este pasado viernes homenaje a Ernesto Che Guevara rememorando el quincuagésimo tercer aniversario de su fusilamiento en Bolivia. Con posterioridad, después de que Rocío Monasterio le echara en cara algunos de los crímenes en los que estuvo implicado el personaje (como cientos de fusilamientos contra opositores políticos en juicios sumarísimos), Iglesias redobló la apuesta y reivindicó el ideal de justicia revolucionaria encarnado por el Che. En sus propias palabras: «La revolución hizo justicia». La actitud del líder de Podemos resulta difícilmente defendible y es del todo indigna de un vicepresidente en un Estado de Derecho. Uno podría entender que la extrema izquierda quiera salvar la figura histórica del Che Guevara a pesar de los crímenes que perpetró: a la postre, cabe defender a una persona centrándose en aquello que tuvo de positivo (y, para la extrema izquierda, el pensamiento del Che y parte de su vida revolucionaria deben de constituir un ejemplo a seguir) al tiempo que se omite que también tuvo de negativo (como sus excesos criminales). En la medida en que todo ser humano tiene claroscuros (algunos con más oscuros que claros), es legítimo que resaltemos los claros de alguien mientras descartamos (críticamente, eso sí) sus oscuros. Por ejemplo, que Thomas Jefferson fuera un conocido esclavista no debería ser óbice para apreciar los pasajes más relevantes de su obra en defensa de la libertad política. Lo que tiene mucho menos sentido es el camino que emprendió Pablo Iglesias: no defender los claros del Che repudiando sus oscuros, sino identificando sus claros con sus oscuros. Al parecer, para el líder de Podemos, los fusilamientos sumarísimos del Che no merecen condena porque fueron un mecanismo para impartir justicia. Sorprende, al respecto, que un furibundo crítico de la pena capital cuando es aplicada en EEUU la ponga en valor en la Cuba postrevolucionaria; sorprende también que un político que tiende a deslegitimar, como politizados y poco garantistas, los procesos judiciales de una democracia como la española confíe en los amañados juicios sumarísimos de una tiranía como la castrista. Pero, más que sorprender, aterra pensar que tenemos un vicepresidente del Gobierno que sostiene tan inhumanas opiniones.