La palabra es república

Presidir un gobierno ya es suficiente complicación si, como complemento, hay que compartirlo con un socio ajeno. La dificultad de la tarea se dispara al alza si ese socio ajeno no tiene como objetivo prioritario la gestión de los problemas, sino menoscabar el régimen político imperante para establecer otro. Meterse en los zapatos de Pedro Sánchez supone imaginar al bombero que acaba de apagar un foco, y que no se percata de que otra llama se acaba de desatar a su espalda. El riesgo es que el bombero se deje vencer ante la inmensidad de la labor que le corresponde acometer. Y viendo, como ve a diario, que los amigos que le llevaron al poder tienen agenda propia y no siempre complementaria, sino contradictoria y hasta incompatible.

El día de enero en el que el Congreso de los Diputados certificó la investidura se sentaron las bases de una duda razonable: ¿tendríamos un gobierno con criterios uniformes, o cada uno de los dos partidos que lo conforma gobernaría a su manera? La maquinaria de Moncloa se puso entonces a trabajar en la búsqueda de un lema que diera a su grey alimento para el discurso de apoyo al nuevo gabinete: el Gobierno tendría varias voces, pero una misma palabra. El transcurrir del tiempo nos diría si el eslogan era el reflejo de una realidad, o la ocultación propagandística de una falsedad.

Casi diez meses después, hemos podido comprobar que Moncloa no mentía. El Gobierno de coalición PSOE-Podemos tiene, cierto, varias voces. Y también tiene como eje y reflejo de su discurso político una única palabra que se ha impuesto sobre todas las demás: república. La coalición Sánchez-Iglesias gestiona la pandemia, la consecuente crisis económica y el régimen político. Ninguno de esos tres asuntos figura en el programa de gobierno. Dos, la pandemia y la crisis, son problemas sobrevenidos. El tercero es una decisión política.

Podemos ha logrado en menos de un año imponer al Gobierno su programa de máximos, consistente en generar un debate disolvente y cismático sobre el gran compromiso nacional por la democracia constitucional que tanto costó conseguir en la Transición. Llegaron a la política para fracturar la unidad construida por los españoles de un lado y de otro y están teniendo un éxito notable en esa tarea. Mientras el virus provoca enfermedad y muerte, y mientras el desastre económico genera paro y pobreza, la gran querella nacional que Podemos ha sabido con pericia convocar en este momento es la búsqueda de la Tercera República. Pero, como diría Murakami, ¿de qué hablamos cuando hablamos de república?

La Primera República llegó cargada de buenas intenciones. Pretendió resolver nuestra crónica enfermedad territorial mediante la medicina del federalismo, pero fue doblegada por los irredentos carlistas, por los independentistas cubanos, por el alocado cantonalismo y por su propio caos interno. No llegó a durar dos años y tuvo cinco presidentes. La Segunda República, tan bienintencionada como la primera, duró cinco años, atravesó crisis económicas, sociales y políticas, además de golpes de estado de unos (sanjurjada) y de otros (Asturias), para derivar, levantamiento franquista mediante, en la Guerra Civil.

Ahora, cuando los líderes de Podemos hablan de república, no lo hacen con la intención única de cambiar al rey por un presidente elegido en las urnas cada cuatro años. El objetivo no es remover un sistema de gobierno democrático como la Monarquía constitucional, para instaurar una República igual de constitucional (república burguesa, según la jerga imperante en una parte del Gobierno). La república que ahora se nos ofrece es más parecida a la venezolana o a la nicaragüense. En esta última se da la llamativa circunstancia de que la vicepresidenta Rosario Murillo sea la esposa del presidente, Daniel Ortega. Todo queda en casa.

No era así como entendían la república millones de republicanos españoles de los años 30 que anhelaban un régimen democrático, frente a otros republicanos más cercanos al estalinismo, que odiaban la pluralidad tanto como los fascistas, y que pretendían establecer una república en la que solo pudieran gobernar las autocalificadas «fuerzas de progreso». Esa y otras divisiones entre los republicanos ayudaron a Franco a ganar la guerra a sangre y fuego (homenaje a Manuel Chaves Nogales, demócrata, socialista y republicano).

En sentido estricto, en los países avanzados de nuestro entorno es casi indistinguible la monarquía de la república: se trata de sistemas de gobierno democrático avanzado, así en el Reino Unido o Suecia o Países Bajos o Noruega o Dinamarca o España, como en Alemania o Portugal o Italia. Los monarcas tienen poderes muy similares a los presidentes de repúblicas (si exceptuamos el caso de Francia): apenas ninguno. Unos y otros son el símbolo de la unidad de su país y de su sistema democrático. Y quizá ahí radique el problema: en la unidad y en la democracia.