Consolarse con nada

No se consuela el que no quiere, reza el dicho, pero algunos queremos más, y más, y más, y mucho más. Rajoy, ante la sentencia del Supremo asegura que para él es una reparación moral y se conforma, pero los españoles que nos hemos quedado a los pies de los caballos queremos una restauración más material que moral, o sea, una recompensa de todo los que se nos está arrebatando desde que una moción de censura lo mandó a su casa, a Rajoy, y un perdedor nato, Sánchez, gobierna un país sumido en la ultraizquierda, en el bolivarianismo más radical debido a que este último necesita apoyos de aquí y de allá para mantenerse donde nunca tenía que haber llegado, o sea, a ocupar la silla de la presidencia del gobierno. Pero aquí estamos, bien fastidiados, por cierto, pero con alguna esperanza de que Europa nos salve de la okupación del Poder Judicial, que han estado a punto de perpetrar. Para calmar a los mandamases de la Unión el presidente ha dicho que recula y se ofrece a cerrar un acuerdo con el Partido Popular de forma inmediata. Casado dice que no se lo cree –y hace bien-, y que esto no es más cosa que una cortina de humo, como siempre, para que no se hable “de la conmoción que hay en Bruselas”.

Mientras tanto el Covid sigue provocando más contagios y más fallecidos, condenando además a unos cien millones de personas a nivel mundial a la miseria más absoluta. Leía yo la otra semana una entrevista con una investigadora del CSIC, Sonia Zúñiga, que entre otras cosas aseguraba que “la vacuna impedirá la infección, no sólo evitará la enfermedad”, lo cual es un soplo importante de esperanza. También que “llegaremos a una normalidad como la de antes, pero siendo más conscientes de nuestra vulnerabilidad”. A todos nos gustaría pensar que un día volveremos a estar en una situación de confort, pero me entran serias dudas de que esto alcance esa deseada dimensión. La desconfianza y el escrúpulo estarán siempre presentes -no solo la conciencia de vulnerabilidad-, y mezclarnos con el resto de la gente y al mogollón nos va a resultar difícil, incluso a quienes hoy son todavía niños: la lacra les va a perseguir para siempre. Llevamos cincuenta y seis mil muertos en nuestro país y, pese a que la Agencia Europea de Medicamentos nos asegura que para primavera tendremos ya a disposición las primeras vacunas, no deja de ser cierto que el miedo a nuevas pandemias -que, de seguro, llegarán-, nos va a impedir vivir en la libertad del pasado. También le costará a España liberarse del sambenito de territorio apestado y recuperar la bonanza turística, como en los mejores tiempos. De todos es sabido que, por ejemplo, los alemanes han cambiado Mallorca por las islas griegas -aunque sean más aburridas y se coma mucho peor-, y por la costa portuguesa, que es menos navegable y también menos divertida. Si un día reina Leonor, cosa que deseo llegar a ver fervientemente, quizá vuelva el esplendor que Palma tuvo cuando el Rey Padre y la Reina Madre daban brillo a la isla, convirtiéndola en referente en el mundo para quienes buscaban un verano de altura. La joven princesa quizá quiera seguir la estela que en un principio quiso marcar su padre, el Rey, potenciando las regatas y los deportes de mar en Baleares y de nieve en Baqueira. Quizá ella quiera y pueda recuperar la tradición que iniciaron sus abuelos para que su Reino sea punto de encuentro de turismo internacional, tanto de verano como de invierno. Este fin de semana brilló con luz propia en los Premios que llevan su nombre. Que su estela siga alargándose hasta que le llegue su gran momento.