Violencia ideológica

Las calles y los barrios son de todos, los mensajes políticos jamás deberían generar pedradas

Matthias Schrader

Los españoles vivimos en un «vacunacaos», por la pésima gestión de la Unión Europea con las vacunas y por los consiguientes bandazos de nuestro Gobierno, mirando a Bruselas. En febrero, España decidió administrar AstraZeneca a menores de 55 años; a principios de marzo se suspendió su uso, al conocerse los primeros casos de trombos; el 24 de marzo se retomó y ahora, después de que nos confirmen que existe un vínculo entre esas escasas trombosis localizadas y esa vacuna, el Gobierno anuncia que la usará en otra franja de edad: entre los 60 y los 69 años.

Aunque todos los expertos recalquen que AstraZeneca es segura y eficaz, que sus efectos adversos son ínfimos en comparación con otros muchos medicamentos, resulta lógico encontrarnos hoy con una población asustada, que ya la conoce como «la vacuna de los trombos. ¿Cómo recuperas su reputación mientras pretendes inocularla? Urge alcanzar la inmunidad de rebaño, para lo cual vamos a necesitar esa y otras farmacéuticas.

Desconcierta y abochorna Bruselas, que ni siquiera se atreve a fijar un criterio común de vacunación en todos los países miembros. No puede ir más lenta, enredada en la burocracia, viendo cómo Alemania, de repente, se desmarca de las instituciones comunitarias para negociar con Rusia un contrato con la Sputnik, para cuando sea aprobada. En el momento en que la EMA bendiga la Sputnik, Europa volverá a convertirse en un mercado persa.

No estamos para más confusiones en este país sumido en el pesimismo y la polarización ideológica. Viendo los disturbios del otro día, en el mitin vallecano de VOX, una piensa que es una pena que no existan vacunas contra la intolerancia, a izquierda y derecha. Las calles y los barrios son de todos, los mensajes políticos jamás deberían generar pedradas, y quienes las lanzan «porque los de VOX les provocan», como justifican ciertos líderes destacados de Podemos, no son dignos de llamarse antifascistas.

Ese que explica, en su defensa, que «pegué/apuñalé/maté porque me provocó», ése comete violencia de género. Del mismo modo, comete violencia ideológica quien responde a un mitin lanzando adoquines. Violentos de manual.