Opinión

Estado de calamidad

Y si estamos a cien días de la inmunidad, ¿qué pasó esa madrugada en las calles?

Mi profesor de Filosofía del Derecho solía repetir en sus clases que si se cumplieran fielmente todas las normas de circulación, se generaría el mismo caos que si nadie las acatara. A mi yo de 18 años, recién estrenado en la facultad, le impactó tanto la provocación que aún hoy la recuerdo. Aquel catedrático, que nos hacía pensar y repensar, contemplaba en su ecuación teórica que las leyes pudieran cumplirse o no, pero no preveía que no existieran o que no estuviera claro cuál aplicar en cada momento. Parece, visto lo visto, que sí había otras posibilidades. Si pulsamos el rewind y volvemos a ver la película de la madrugada del sábado al domingo pasado, podríamos encontrar a un médico que comprueba el estado de un paciente, a una taxista que recoge a un cliente, al empleado de una gasolinera que corre para llegar puntual a su turno, a una pareja que termina la cena en su terraza (ahora que aflora el buen tiempo) o a grupos de jóvenes (y no tanto) que beben y gritan en plazas y calles. Podríamos ver todas las pandemias que caben en una pandemia. Aunque unas lo son más que otras. La gran mayoría coincidimos en que estamos cerca del final, pero que aún no, que todavía falta un poco y si, como nos aseguran, estamos a solo cien días de la deseada inmunidad colectiva, ¿qué pasó esa madrugada en las calles de España? ¿Lo que vimos era lo mismo que antes ocurría de manera clandestina? ¿El ruido de unos cientos ha eclipsado el silencio de muchos miles? ¿Ha habido un gran espacio en negro que nadie ha querido iluminar? ¿Un vacío que se veía venir y que nadie frenó? La inconsciencia es decadencia, decía un Pessoa desasosegado. Y aunque muchos sientan ahora la tentación de señalarse mutuamente, lo que asoma en medio del desbarajuste es la rendición absoluta del legislador: con la responsabilidad (evidente) de quienes incumplen y con la responsabilidad (indiscutible) de quienes deben reglamentar. La indolencia ante el fin del estado de alarma nos acerca peligrosamente a esa otra figura que los compatriotas del poeta portugués, con su musicalidad y su saudade, llaman, tan certeramente, estado de calamidad.