La vanidad y el rencor
«Estamos ante un monólogo, con un actor cada vez más absorto en la contemplación extática de sí mismo»
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Como era de esperar, la ocurrencia de Redondo y Sánchez de presentar su plan para la concordia y los abrazos en el Liceo ha suscitado toda clase de metáforas. Casi todas ellas puestas en razón. A lo que asistimos ayer, efectivamente, no es a una propuesta política, que tiene sus propios escenarios y sus propios interlocutores, como son las Cortes y los partidos políticos. Lo que contemplamos ayer es la puesta en escena de la forma en la que Redondo y Sánchez quieren escenificar su forma de concebir el poder.

En primer lugar sin interlocutores: sin nadie que le dé la réplica ni ofrezca un punto de vista distinto, de tal modo que la ciudadanía pueda hacerse una idea propia. Esto, que viene siendo una constante en Sánchez, alcanzó ayer su apoteosis. El discurso del Liceo daba la espalda a los demás actores políticos nacionales, e incluso en varios momentos los equiparó a quienes han intentado acabar con el orden constitucional y con nuestro país. Nada que dialogar, ni que negociar, ni –mucho menos– que «empatizar» con ellos. Para los españoles que tienen una idea distinta de la suya acerca de su país, lo único que vale es el desprecio.

En cambio, el discurso estaba destinado a aquellos que sólo dialogarán una vez aceptada la premisa de que el diálogo ha de servir para romper el único marco posible de negociación, que es el nacional y el constitucional. Los aplausos –y los desplantes y los gritos– revelaban el infinito vacío en el que resuena el discurso del Liceo. Estamos ante un monólogo, con un actor cada vez más absorto en la contemplación extática de sí mismo (algo muy propio de la grey escénica), que hace gala de no necesitar interlocutores ni desde este lado –el constitucional y el nacional–, ni del otro –el anticonstitucional y el antinacional– y se postula como único poseedor del secreto que nadie ha descubierto hasta ahora.

Descartados los primeros, quizás suponga que la concesión o el premio, es decir los indultos, van a producir una ola de agradecimiento tal en la opinión pública catalana que fuerce a los separatistas a variar de actitud. Y que permitirá avanzar a partir de una premisa implícita, pero clara, la de que el Estado de las Autonomías está agotado, y que hay que pensar en otra forma de organización que pasaría por un proceso de afirmación y reconocimiento de las diversas identidades que no se reconocen como españolas –de ahí los indultos– para luego intentar reunirlas, mediante un proceso de federalización, en una instancia nueva y reconciliada. Volvemos así al discurso del Liceo y a la representación de la espléndida soledad del campeón de un proyecto ajeno a quienes no quieren ver troceado su país y acabadas sus libertades, tanto como a aquellos que no aceptarán nunca volver a reunirse una vez puesto en marcha el proceso de disolución. Ayer a Sánchez sólo le faltó recordar aquella ocurrencia de Azaña según la cual «ya no hay reyes que te declaren la guerra, Cataluña». Sabemos cómo terminó el experimento, fruto, como este, de la vanidad y el rencor.