La frialdad de Waterloo entre el indultado y el fugado

Junqueras está buscando una salida que no vuelva a significar un infructuoso choque de trenes

Francisco Marhuenda

Ha sido un encuentro protocolario entre el indultado y el fugado. Junqueras representa la dignidad y Puigdemont la cobardía. No coincido en nada con el primero, lo he criticado de forma clara e inequívoca, pero al menos tuvo la coherencia de quedarse en España para asumir la responsabilidad por lo que había hecho. Lo respeto porque siempre ha sido independentista y no ha engañado a nadie. Otra cuestión es que su estrategia fue un disparate y llevó a una crisis institucional muy grave y la ruptura de la convivencia en Cataluña. El otro es, simplemente, un aprovechado que creció dentro del pujolismo sin mayor mérito que su ciega fidelidad, un independentismo fanático y una mediocridad exasperante. He tenido siempre una gran simpatía por los alcaldes de Girona, como puede constatar Joaquim Nadal, porque estudié en esa ciudad cuando estaba interno en los años setenta. No puedo sentirla por Puigdemont porque ha hecho y sigue haciendo mucho daño a Cataluña. Hemos llegado a la situación actual por su tozudez y sus mentiras. Por todo ello, entiendo perfectamente la frialdad que existe entre los dos líderes del independentismo.

El ex presidente de la Generalitat se ha convertido en el gran problema para cerrar página y resolver el conflicto con los independentistas, porque solo quiere la ruptura y el enfrentamiento. Es algo lógico tras el golpe que significó que ERC superara a su partido, JxCat. Por ello, quiere mantener su protagonismo mientras Jordi Sánchez crea su propia estructura a sus espaldas y permite augurar nuevos enfrentamientos dentro del espacio del centro derecha independentista. A todo ello hay que añadir el grave problema que significa que el gobierno catalán de coalición, formado por ERC y JxCat, dependa de una formación antisistema y radical como las CUP. La ruptura significaría unas elecciones anticipadas y hay un plazo concreto que son dos años. Las CUP quieren una agenda para la autodeterminación, al igual que Puigdemont, y hacerle la vida imposible a ERC. Hay que reconocer que Junqueras está buscando una salida que no vuelva a significar un infructuoso choque de trenes. La experiencia de la declaración unilateral de independencia fue un fracaso estrepitoso y ahora prefiere un avance en la negociación bilateral. El problema sigue siendo el mismo y es el fugado de Waterloo que piensa que cuanto peor, mejor.