¿Puede dormir tranquilo Pedro Sánchez?

No puede esperar ningún tipo de lealtad, porque ‘’no es nada personal, sólo negocios’', como decía Corleone»
Francisco Marhuenda

Hace un tiempo se hizo famosa la frase de Pedro Sánchez de que no «dormiría tranquilo» si Iglesias se sentaba en el consejo de ministros. La verdad es que ha dormido a pierna suelta teniéndolo como vicepresidente, pero tampoco le ha provocado ninguna incomodidad pactar con los independentistas o los herederos de ETA. Ningún político aguanta la hemeroteca. He de reconocer que me divierte ese ejercicio que hace la izquierda mediática contra los dirigentes del centro derecha recordando sus contradicciones. No son tan exigentes con los afines. Es bueno no tomarse en serio las declaraciones de los políticos, no importa su adscripción partidista, porque incumplen los compromisos o entran en flagrante contradicción sin ningún rubor. Las campañas son el terreno abonado para realizar promesas que nunca se podrán cumplir y caer en todo tipo de excesos dialécticos. No tengo ninguna duda de que el presidente del Gobierno dormía muy tranquilo con Iglesias y ahora con Díaz. La Moncloa es el sueño de cualquier político y, en todo caso, el insomnio debe producirse cuando se lucha por conquistarla.

Tengo a Sánchez por persona fría y resistente que no se preocupa ni por los enredos que le provocaba el fracasado líder de Podemos ni los de Yolanda a título de sucesora designada sin otro trámite que el deseo de su ex amigo. La política no es una cuestión de amistad, sino de intereses y el presidente quiere seguir en La Moncloa. Se encuentra en el primer lugar de la escala alimentaria y como buen depredador tiene una posición de fuerza. Las especulaciones de que Díaz podría ganarle rozan el delirio. Se encuentra entre las cosas más absurdas que he escuchado o leído. El Gobierno se divide entre los que trabajan, los socialistas, y los que enredan, que son los podemitas. Están más preocupados por las generales que por gestionar sus ministerios. La vicepresidenta Díaz anda a caballo entre los dos sectores, pero no tiene fácil lidiar con Belarra y Montero que la detestan. A esto hay que añadir que Sánchez es un enemigo tan peligroso como implacable.

El problema de la política española es que parece que está instalada en una permanente campaña electoral, aunque falten más de dos años. No hay ningún tipo de sosiego y el espectáculo que se vive en el Congreso es muy poco edificante. La presencia de los antisistema, independentistas y bilduetarras hace que todo sea muy complicado, porque llevan el radicalismo y el populismo en su ADN. El último intento de restringir la libertad de información a periodistas que no son del agrado de la izquierda demuestra su profunda ignorancia de nuestro ordenamiento constitucional. Al margen de que se coincida o no con esos periodistas, lo que se dirime es, precisamente, la pretensión de establecer una censura que si hubiera sido promovida por el PP habría comportado un rechazo unánime de los colegios y asociaciones de periodistas. El sectarismo en este terreno es vergonzoso y establecer este tipo de restricciones sentaría un peligroso precedente. Es lo que sucede cuando se quiere controlar la veracidad de una información desde el sesgo ideológico del político de turno.

¿Qué hay que hacer cuando un político miente o incumple un compromiso? ¿Hay que crear un organismo que determine la veracidad? Es muy habitual escuchar reflexiones de políticos de la izquierda contra otros partidos y arrogarse esa inconsistente superioridad moral por la que autodenominarse «progre» comporta una garantía de clarividencia y de estar en posesión de la verdad. El problema es que la independencia no existe, porque todos vemos las cosas desde una determinada perspectiva. Los periodistas no somos infalibles, podemos equivocarnos, así como ser manipulados o engañados por algún político. Otra cosa es que tengamos la obligación de contrastar las noticias y esforzarnos en buscar la veracidad. La tentación de limitar el acceso a las fuentes oficiales es un despropósito que debería provocar vergüenza entre sus promotores. Es increíble que formaciones populistas e independentistas, que han hecho de la manipulación y la mentira su razón de ser, como se puede constatar en los medios de comunicación que controlan, pretendan dar lecciones sobre esta materia. Es especialmente doloroso cuando lo hacen los herederos de ETA que con gran saña persiguieron a periodistas y medios de comunicación.

La legislatura será larga y cada día que pase más tensa. Unos porque harán cualquier cosa con tal de mantenerse en el gobierno y los otros con tal de conseguirlo. Los socios parlamentarios de Sánchez buscarán ordeñar la vaca hasta dejarla exhausta, como es habitual, y Díaz seguirá utilizando el consejo de ministros, como también hace el presidente, para consolidar su candidatura y la articulación de una plataforma con la vista puesta en las generales. No hay duda de que seguirá durmiendo tranquilo, pero no se ahorrará los sobresaltos que le provoquen permanentemente ese conjunto de aliados tan poco recomendables. No puede esperar ningún tipo de lealtad, porque «no es nada personal, sólo negocios» como decía Corleone en «El Padrino».

Sánchez y Díaz compiten en un mismo espacio electoral. Por tanto, el juego es quitarse votos. Es lo que sucede entre Casado y Abascal. El juego final es movilizar al máximo a tus votantes sin que tu rival haga lo mismo, por ello es bueno no provocar el miedo. El inquilino de La Moncloa se ha convertido en un maestro en esta materia como se vio con la famosa «foto de Colón», pero también en el otro lado saben aprovechar que tiene unos socios que quieren destruir España, los independentistas y bilduetarras, o acabar con la Constitución y la Corona, los podemitas.