Coronavirus

Quizá me equivoque

El virus sigue aquí, vivo y mutante, y sólo la actuación responsable y solidaria en lo personal, como la lucidez y generosidad entre quienes gestionan lo público, permitirá que vayamos amortiguando sus efectos

En la víspera del día de la Constitución la farmacia de la Avenida de Alicante, en Denia, parece la taquilla de un teatro de primera. La cola llega hasta la esquina, unos 20 metros más arriba, y gira por la calle perpendicular. La mayoría son adolescentes, aunque hay algún jubilado, dos mujeres de cierta edad y una familia con un niño pequeño que intenta infructuosamente que alguno de los pacientes clientes del dispensario de salud sea generoso y les permita pasar. Tenemos prisa, el niño tiene mucha fiebre. Llévenle al hospital, sugiere en voz alta una de las mujeres de la fila. Otra tuerce el gesto y se queja, también elevando el tono, de que esta sea la única farmacia abierta de la comarca. Viene de Ondara, que está a poco más de una legua, pero no tiene farmacia de guardia esa noche. Los jóvenes están acabando con las existencias de test de antígenos, porque en todos los locales exigen pasaporte Covid o prueba fehaciente de que no estás contaminado.

Se palpa una sensación general de que la pandemia ha venido para quedarse y que hay que empezar a afilar otro ánimo y a pensar en un modo de vida algo diferente. Un cliente va a pagar las medicinas que acaba de comprar y la farmacéutica le recrimina con dureza que se baje la mascarilla. «Ha sido solo un momento, para el reconocimiento facial», responde aún con el móvil en la mano, «la llevaba puesta hasta entonces». «Ni para eso», replica ella, «la cosa se está poniendo muy mal y hay reglas que no se pueden romper…vaya buscando otra manera de que le reconozca». El cliente se molesta, aunque ha de aceptar que la impertinencia no es tal. Podría haber pulsado el código, pero es más cómodo que se abra el sésamo del teléfono reconociendo el rostro.

Tampoco se abre a la primera el pasaporte Covid. Tienes que ir a la aplicación de tu tarjeta sanitaria, acceder, esperar una clave y luego generar un código QR, que el establecimiento comprueba en un lector, y eso son unos largos segundos para una operación a la que no estamos aún habituados. Pero habrá que hacerlo. El visitante mira alrededor una vez ha alcanzado con su código sentarse en una mesa y solicitar su desayuno tardío –los almuerzos en este lugar de España son encuentros gastronómicos de energética contundencia– y observa cómo los clientes conversan animadamente con su compañero de mesa, como si la vida en ese instante resultara completamente ajena a la situación que estamos viviendo. Cualquiera diría que han tenido que hacer uso de su móvil y generar un código especial para poder recuperar esa ventana de normalidad de almuerzo.

El virus sigue aquí, vivo y mutante, y sólo la conciencia clara de su riesgo y la actuación responsable y solidaria en lo personal, como la lucidez y generosidad entre quienes gestionan lo público, permitirá que vayamos amortiguando sus efectos.

Y si en lo primero parece existir una corriente general de resignada sensatez, aún me surgen dudas de que entre los gestores de lo público primen la luz y el obligado altruismo sobre el partidismo o el interesado cálculo político.

Pero quizá no. Va a ser mi natural descreimiento de la política. De ésta política.