Alberto Garzón y los pecados de la carne

El comunismo tenía otro sabor cuando mataba personas como si fueran vacas, y no ahora, que desea extinguir el ganado como si fueran hombres.

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Un hombre fue atendido en Murcia porque se estaba devorando a sí mismo tras probar la droga caníbal. Comerse es el último peldaño del egocentrismo. Nos gustamos tanto que algunos acabarán probándose con una receta de Masterchef, masticando lentamente la nostalgia porque ya no sabemos como antaño, nos sale una salsa triste como una mayonesa cortada. La ola verdimorada que aspira a cambiar nuestros hábitos, sin esperar a que seamos nosotros los que decidamos cuándo abandonarlos, pretende de alguna manera que nos lancemos al gran banquete humano y así no cargar con la mala conciencia de no haber terminado con el hambre en el mundo. El comunismo tenía otro sabor cuando mataba personas como si fueran vacas, y no ahora, que desea extinguir el ganado como si fueran hombres.

El ministro Garzón tiene algo de cura progre de los setenta, solo que sin guitarra y sin alzacuellos, y desde su púlpito se enfrenta al ala más conservadora de su religión para advertir de los pecados de la carne cuando, ya lo dice el Papa, no son éstos los más graves sino la soberbia y el odio. Quiere que todo el año sea viernes de Cuaresma. Su intención es más peligrosa de lo que se deduce de los últimos titulares sobre la baja calidad de la carne española que procede de las macrogranjas. La entrevista de «The Guardian» nos da algunas pistas. La carne es la excusa terrenal para hundir los cuernos en el neomarxismo-pijismo verde, pues la liberación de las almas no llegará cuando todos los platos estén llenos, una utopía que ha dejado de interesarle, la lucha de clases es algo pasado, sino en el momento en que en esos platos se sirva sangre vegana. Los budistas evitan el chuletón por compasión hacia los seres vivientes. Estos profetas unen la idea de que los animales viven en realidad en el planeta de los simios y lo unen con el mal que hace el consumo al medio ambiente. Y así bajan como Moisés tras enfrentarse a la zarza ardiente para traernos la buena nueva.

Esto es lo que hace de Garzón el inquietante cómplice de una secta que no admite réplica pues cree estar en posesión de una verdad cuasi divina que no tiene respuesta con datos empíricos, el número de granjas, la contaminación real que desprende, si es responsable prescindir de ciertas prácticas depende de los puestos de trabajo que ocupa... En fin, un informe racional. Ahora resultará que se abrirán los cielos en un hermoso rompimiento de Gloria y nos mandarán al infierno por desear una hamburguesa, no digo ya tocar las ubres consagradas.