El zafio bufón de Boris Johnson

«Esa superioridad clasista es la que le ha hecho pensar que estaba por encima de cualquier norma»

FOTO: HANNAH MCKAY REUTERS

El primer ministro británico, Boris Johnson, convirtió su carácter pintoresco y estrafalario en su mejor baza política. Un personaje tan excéntrico no hubiera tenido éxito en España, pero una parte de la sociedad británica asumió ese comportamiento propio de un bufón como un valor positivo. Esto no significa que sea un necio o que le falte preparación. Es todo lo contrario. Ha convertido sus gestos, la forma desarreglada de vestir, el cabello revuelto y las bromas en su seña de identidad para acercarse al electorado más popular. He de reconocer que no empatizo con esa forma de actuar. Gran Bretaña es una gran nación capaz de contar con figuras sublimes, pero también con individuos estrafalarios como el bufón de Downing Street. En una sociedad tan elitista, Johnson no desentonaba, en contra de lo que se piensa en España, hasta que al final se ha consumido en la hoguera de su vanidad. Es un producto de las clases altas, formado en Eton y Oxford, que hace gestos para parecer uno más cuando tiene muy claro cuál es su posición social. Esa arrogancia infinita, propia de la aristocracia y la alta burguesía británica explica los errores que ha cometido.

Esa superioridad clasista es la que le ha hecho pensar que estaba por encima de cualquier norma como le sucedió al príncipe Andrés. Hay una elite que sigue imbuida en el espíritu imperial. Gran Bretaña vivió una lenta decadencia en el siglo XX. Sus dirigentes estuvieron convencidos durante las dos guerras mundiales de que el Imperio perduraría, pero su papel en las conferencias aliadas puso de manifiesto que ya no era una gran potencia, sino un apéndice de Estados Unidos. Desde entonces ha tenido aciertos, pero grandes errores como se ha comprobado en su relación con el proyecto europeo tras la conclusión del conflicto bélico. Johnson ha dilapidado caprichosamente su capital político convirtiéndose en un bufón y actuando como un pequeño déspota. Le ha faltado altura política y se ha transformado en alguien grotesco. La penosa imagen paseando a su perro, con un atuendo que no podía ser más zafio y vulgar. Es un excelente epílogo para un hombre que lo tuvo todo, pero eligió convertirse en la caricatura de un primer ministro.