La paradoja del mentiroso

Iglesias mintió, ya que solo fuera del cargo, alejado –dice– de la política, habla con verdad

Juan Ramón Lucas

Sostenía allá por el lejano 2015 Pablo Iglesias que cuando abandonase la política no sería un jarrón chino como Aznar y González, drogadictos de la política, les llamaba, que no saben estar callados. Desde que se fue de la vicepresidencia porque aquello era demasiado trabajo y poco resultado tangible, no ha hecho otra cosa que exhibirse y recetar.

Devenido en tertuliano fino y preparando ya su podcast que abrirá los ojos a la ciudadanía sobre la manipulación a la que le someten los medios no afines, que son casi todos, incluido este que generosamente me acoge entre sus páginas –especialmente éste, dicho sea de paso–, procura no perder ripio ni evitárnoslo ante cualquier evento de trascendencia pública o general interés.

Quien iba a abandonar la política se vio en la obligación, ante la crisis ucraniana provocada, como él sabe muy bien, por el imperialismo americano, de advertir al gobierno del que formaba parte hasta que se cansó, de que es muy peligroso comprometerse en este desafío porque Rusia – «Margarita, que no te enteras»– tiene armas nucleares y es arriesgado ir a la guerra, y la gente lo sabe.

Pero en su alocución, trufada de ese simplismo intelectual que destilan los que creen que los demás somos bobos y tienen que bajarse a nuestro nivel, deslizó algo que supongo tenía vocación de humorada, pero sonó como una convicción real, que conecta con esa formalidad tosca y de bulto que practican, por lo general, en las siempre poco limadas declaraciones de su partido. El trazo grueso y la simplificación son la huella de carbono de Podemos. ¿Qué fue lo que deslizó el ex vicepresidente y político en ejercicio submarino? pues aquello de que «ahora puedo decir la verdad porque no estoy en política». ¿Irónico? Quizá lo pretendía, pero si lo mira un psicólogo diría que es un acto fallido y si lo estudia un filósofo quizá le recuerde la llamada paradoja del mentiroso, esa de quien dice que miente en lo que dice pero en realidad está diciendo la verdad, puesto que miente al decir que miente.

En el fondo, la afirmación es un regalo a sus adversarios y un golpe bajo para sus partidarios y su propio partido. Tanto, que ayer su portavoz Fernández, su tocayo candidato en Castilla y León, tuvo que acudir a aquello tan socorrido de que eso es una opinión personal. Compartida por la gente, tuvo que añadir, pero personal al fin.

Podemos siempre enarboló la bandera de la honestidad y el juego limpio en política, pero al llegar al gobierno se encontró con que las cosas no son simples, los cambios van lentos y en el juego a veces te alcanza el filo de la navaja.

Ahora Iglesias nos revela a su manera que en realidad participó de la ceremonia de la confusión que criticaba, porque él también mintió, ya que solo fuera del cargo, alejado –dice– de la política, habla con verdad.

Es un juego dialéctico, otra de Pablo Iglesias. Pero es una prueba más, solo una más, de que su paso por la política en general y la vida pública en particular ha sido, muy al contrario de lo que prometió y parece creer, un viaje tóxico. Sobre todo para los suyos.

Una paradoja de alguien que por lo visto nunca dijo la verdad.