Opinión

Simone Veil y su legado cinco años después de su desaparición

Los discursos de odio proliferan y los partidos populistas y radicales –de izquierda y derecha– aprovechan toda oportunidad para hacer bandera en contra de lo diferente, para resucitar los temores del pasado y para reafirmar una uniformidad inexistente

Tamar Shuali Trachtenberg, codirectora de la Cátedra Extraordinaria Simone Veil

Hace cinco años, el 30 de junio de 2017, fallecía en Paris Simone Veil, una gran europeísta, defensora temprana de los derechos humanos y de los valores que hoy encarna la Unión Europea.

Según el testimonio Dominique Aron Schnapper, otra sobreviviente del holocausto que compartió con ella las penalidades del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, Veil desarrolló su conciencia judía precisamente a partir de la experiencia dramática que le tocó sufrir bajo la persecución nazi. Todo eso le dejó bien claro que la voluntad de pertenecer no es suficiente para poder estar integrada en una sociedad, sino que se necesita de un marco legal que reconozca y garantice esa pertenencia y la dote de los derechos correspondientes. Derechos que reconozcan la dignidad de la persona humana y su integridad física y moral.

Tras su paso por la facultad de derecho, Veil desarrolló una brillante carrera política y en 1979 se convirtió en presidenta del Parlamento Europeo. Este hecho tiene un enorme valor simbólico por tres motivos. Primero, porque Veil va a ser la primera presidenta del Parlamento Europeo elegido por sufragio universal por primera vez ese mismo año. Segundo, porque era mujer: la primera que ocupa un cargo institucional tan relevante en la historia de la UE. Y, tercero, porque era judía y sobreviviente del holocausto. Simone Veil se convierte así en un auténtico símbolo, en la representación misma la nueva Europa que se forja tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Europa de los valores, la Europa de los derechos y la Europa del reconocimiento de las minorías y de su integración en el tejido social.

Y el valor simbólico de la figura de Simone Veil adquiere hoy tanta o más relevancia de la que tuvo su elección en 1979 como presidenta del Parlamento Europeo. Su lucha por los derechos fundamentales, por la igualdad de la mujer y por la inclusión de las minorías son aún hoy tareas pendientes, no plenamente realizadas, que requieren un renovado esfuerzo para su consecución.

La Unión Europea reconoce hoy, en el Art. 2 de su Tratado (TUE), que se fundamenta “en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. El marco jurídico del reconocimiento y de la integración en derechos ha sido finalmente establecido. Se podría decir que se ha llegado a la meta a la que aspiraba Simone Veil. Sin embargo, lamentablemente, esto no es así y, en una sociedad plural como lo es la Unión Europea, los problemas se reproducen y vuelve a aparecer los fenómenos de desigualdad, de discriminación y xenofobia. Los discursos de odio –el antisemitismo, la islamofobia, el antigitanismo, etc.– proliferan y los partidos populistas y radicales –de izquierda y derecha– aprovechan toda oportunidad para hacer bandera en contra de lo diferente, para resucitar los temores del pasado y para reafirmar una uniformidad inexistente.

Por eso la persona de Simone Veil y lo que ella representa merece ser recordada y reivindicada. Y, en este sentido, el pasado 29 de junio se inauguró en la Universidad Complutense de Madrid la Cátedra Extraordinaria Simone Veil para la prevención del Racismo, el Antisemitismo y el fomento de la interculturalidad. La Cátedra, que cuenta con el apoyo de la Federación de Comunidades Judías de España, pretende realizar un intenso trabajo de estudio y promoción sobre los valores de igualdad, de respeto de los derechos humanos y, sobre todo, como indica su título, de lucha contra el racismo, el antisemitismo y el fomento del diálogo intercultural.