Violencias y dudas

Por las trochas morales por las que vamos quizás la hoy pederastia acabe encumbrada como una opción sexual más, aspirante a colocar su «P» en la lista LGTB

Violencias y dudas
Violencias y dudas FOTO: Barrio

Ya en vigor la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual –para los amigos, la ley del «sí es sí»–, deduzco novedades, obviamente, pero en el meollo hay poco cambio: sospechas y prejuicios del feminismo radical hacia el hombre, en el fondo un paso más, y en otro ámbito, en la senda que inició hace ya dieciocho años la ley de violencia contra la mujer.

En estos años no he dejado de preguntarme, por escrito y con publicidad, si unas medidas que buscan proteger a la mujer no acabarán contribuyendo a más violencia sobre la mujer. Me basta confirmar este diagnóstico no sólo el hecho del elevado número de agresiones sino, peor aún, de asesinatos de mujeres y un dato contundente más: la frecuencia con la que el agresor se suicida. Cuando un asesino concluye así su criminen y no huye, ni esconde pruebas o teje coartadas, me pregunto si más que ante un arrebato no estaremos ante el biotipo del desesperado, alguien que no tiene nada que perder.

También se ha dicho insistentemente que, hundido el paraíso socialista, esta ideología anda buscando otro argumento que le dé sentido, sustitutivo de la apolillada lucha de clases y lo hace –está en su código genético– fomentando enfrentamientos entre quienes proclama opuestos y uno que le viene pintiparado es concebir el feminismo como una guerra entre hombres y mujeres. Llevado de esa lógica de violencia, no extraña que acabe echando más leña al fuego y de argumentos a potenciales desesperados al indultar a mujeres que han sustraído –secuestrado– a los hijos a unos padres que tienen otorgada la custodia: a la mujer se le perdona el delito, al hombre no.

Pero la violencia transformada en ley y auspiciada por ideologías radicales gobernantes sigue por otros derroteros, con el resultado de hacer víctimas entre los más débiles. No me detendré en las víctimas de la legislación proaborto y eutanásica, ambos hitos clásicos en la cultura de la muerte. Me detengo ahora en la infancia como víctima venidera de todo lo que rodea, obsesivamente, a la sexualidad. Sus manifestaciones son variadas.

Ahí están unos planes de estudios que, previa expropiación del derecho de los padres a educar a sus hijos, parecen empeñados –insisto– obsesivamente no en dar la necesaria educación sexual, sino en iniciar a los menores en las más variadas prácticas sexuales, planes diseñados por pedagogos obsesionados –sigo insistiendo– por hacer del sexo la esencia y centro de cómo se forja una persona. Aunque se inyecten buenas dosis de buenismo no debe extrañar que se hagan cábalas con las recientes palabras de la ministra de Igualdad sobre la sexualidad infantil y la pederastia, es precisamente ese contexto lo que lleva a temer un panorama de futuras generaciones dulcemente enviciadas, porque por las trochas morales por las que vamos quizás la hoy pederastia acabe encumbrada como una opción sexual más, aspirante a colocar su «P» en la lista LGTB y tal y tal.

Y sin salirnos de la infancia y la sexualidad, ese violentar la mente y la conciencia infantil tiene su desarrollo no en un tratamiento racional de la disforia de sexo, sino –y sigo insistiendo– en un obsesivo sexualismo que intencionadamente fomenta que el sexo no existe sino que es una opción, inculcando desde pequeñito la duda de qué eres, si niño o niña, hombre o mujer; una duda que se inocula en años de inmadurez, cuando se inicia el desarrollo como persona y es más fácil confundir y retorcer el árbol que empieza crecer.

He hablado de hacer violencia en las conciencias infantiles por esos pedagogos obsesionados con el sexo, pero habría que matizar. No es que tras sus obsesiones toda esta banda –liderada por políticos– tenga planteamientos electorales, aunque no lo excluyo; tampoco significa necesariamente –no lo excluyo tampoco– que lleven el cerebro en la entrepierna y no en lo más alto, en la cabeza, es más, esa ubicación anatómica explicaría sus pensamientos obsesivos, pero no hay que ser un águila para advertir algo más y ese algo más es el propósito de violentar la conciencia de ser persona.

Tras la cosificación del feto –conglomerado de células–, tras el utilitarismo que ve inútil al enfermo o disminuido, tras concebir la identidad sexual como un constructo voluntarista, tras el ensalzamiento del animalismo o la propuesta parlamentaria –no es broma– de hacer a los árboles sujetos de derechos, no es difícil advertir el empeño por destruir la idea y la conciencia de que lo somos, personas. Luego si, según la Constitución, los derechos y libertades fundamentales son «de la persona», y su dignidad es el fundamento del orden jurídico, pervertida la idea de persona fácil lo tendrá un tirano si logra que sus súbditos duden de que son eso, personas.

José Luis Requero es magistrado.