Unos presupuestos electoralistas

«Gastar y gastar tiene mejores resultados electorales, aunque pésimos para la economía nacional»

FOTO: Eduardo Parra Europa Press

Hay que partir de la base de que toda actuación en política persigue el fin electoral de alcanzar o mantenerse en el gobierno. A nadie le gusta estar en la oposición. En mis años jóvenes caí en la tentación de hacer deporte e, incluso, competí, sin éxito, en natación y hockey. No era mi camino, pero sobre todo mis padres me enviaron interno a Gerona y se truncó mi mediocre carrera. En esa época nunca estuve de acuerdo con la frase «lo más importante no es ganar sino participar» del barón de Coubertain que se encontraba en la entrada de la piscina olímpica donde entrenábamos. Tengo claro que lo único importante es ganar, por supuesto en buena lid. Sánchez es un político muy competitivo que jugaba al baloncesto y que le gusta, sobre todo, ganar. Incluso cuando sabe que va a perder, como sucedió en las autonómicas madrileñas, espera hasta el último momento conseguir la victoria. No me parece mal.

Lo único es que no debería hacer caso a los visitadores de La Moncloa, la pareja feliz formada por Barroso y Contreras, o los pelotaris mediáticos, porque son malos consejeros. No hace tanto eran antisanchistas furibundos. En cambio, he de reconocer que su gabinete es tan bueno como leal y que el nivel de algunos ministros socialistas no está mal. En otros casos es lamentable y en lo que respecta al sector podemita es terrorífico. Me gusta mucho cuando los ministros de Hacienda largan su discurso de presentación del anteproyecto de Presupuestos. No pueden ser más eufóricos. No hay duda de que es consustancial al cargo. Esa apología del gasto es impresionante, como si fuera un mérito en sí mismo. Me sorprende. Afortunadamente, este criterio no es compartido por las empresas y la mayor parte de las economías familiares. Esa teoría de que el gasto público es bueno es una lamentable traslación de las teorías intervencionistas de la autocracia franquista, la socialista o el marxismo. Por supuesto, el mal economista siempre puede acudir al sumo sacerdote de la materia que fue John Maynard Keynes. Mi modesta posición está en las antípodas. El equilibrio presupuestario debería ser el objetivo prioritario. Es bueno controlar el déficit público y el endeudamiento, pero reconozco que gastar y gastar tiene mejores resultados electorales, aunque pésimos para la economía nacional.