Adiós al visir

Se marcha dejando un PSOE totalmente ajeno al que le encumbró en 1982 para volver a una universidad completamente distinta a la que dejó hace 32 años. Entre aquel Rubalcaba que llegó al Gobierno de Felipe González por la puerta discreta de Educación, y éste que dice adiós reteniendo las lágrimas en unas bolsas que parecen capazos de labrador se ha paseado el hombre que consiguió verlo y escucharlo todo, el que consiguió encumbrar a un candidato inútil al grito de «no nos merecemos un gobierno que nos mienta» y el que, como pago, tuvo después que asumir el purgatorio de acarrear con el desecho de tienta en que dejó convertido el PSOE una boa constrictor disfrazada de Bambi. A Rubalcaba no le han salido las cosas bien: jugando a ser Maquiavelo se convirtió en doctor Frankenstein, y ahora su monstruo le obliga a salir por la puerta de atrás. Dicen los ganaderos de reses bravas que cuando la manada empieza a intuir que el jefe está acabado, los toros jóvenes se turnan para cornearlo hasta morir. Hoy, el visir que quiso y no pudo ser califa en lugar del califa, es la imagen de un César apuñalado por los suyos; se marcha derrotado, que no es la mejor manera de culminar una carrera en la que ha dejado sus mejores años, algunas simpatías, no pocos rencores y el reconocimiento de que, con su ausencia, el parlamentarismo perderá caché. Quedan muy pocos como él, temibles por astutos y capaces de brillar en la sombra. Rubalcaba pasa página y eso no es lo más triste; lo peor es que, viendo lo que hay, se le va a echar mucho de menos.