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Doña Sofía nació princesa de Grecia, pero su vida no fue lo cómoda que cabría de esperar por su origen y el entorno de la familia muy unida en la que vivió hasta su matrimonio con Don Juan Carlos. Fue un 2 de noviembre de 1938 a menos de un año de que comenzara la II Guerra Mundial. Era hija del príncipe Pablo, hijo de Constantino I, rey de los Helenos, y su madre era la princesa Federica de Hannover. Los soberanos griegos son una de las ramas de la Casa de Holstein. Cristian, conde de Oldenbourg, se convirtió en rey de Dinamarca, con el nombre de Cristian I, el 20 de agosto de 1448, de Noruega, el 29 de julio de 1450 y de Suecia en 1457. Eran duques de Slevig o Schleswig desde 1115 que se unió a Holstein el 15 de agosto de 1386. El siglo XIX es un periodo fascinante donde se extiende el constitucionalismo y se producen procesos de independencia, como el caso de Grecia con respecto a Turquía. Las potencias protectoras decidieron, algo coherente y muy razonable en la época, que la nueva nación fuera una monarquía. Los reyes daneses eran muy queridos por su pueblo y respetados por el resto de países. Era una de las familias más antiguas de Europa. Por otra parte, no era una de las grandes potencias y no existía el riesgo de desequilibrar el siempre frágil escenario. El príncipe danés Wilhelm, nacido el 24 de diciembre de 1845, aceptó la corona de Grecia que le fue ofrecida por la asamblea nacional griega en virtud del protocolo firmado en Londres el 5 de junio de 1863 por Francia, Gran Bretaña y Rusia. Comenzó a reinar el 31 de octubre de 1863 con el nombre de Jorge I, rey de los Helenos mientras que los príncipes de la dinastía lo son de Grecia. Es la misma fórmula que se aplicó en Bélgica, donde el soberano es rey de los belgas o con Luis Felipe I de Orleans, que fue el último rey francés (1830-1848). La fórmula de buscar a un príncipe de una dinastía prestigiosa para ocupar un trono era algo normal, con la excepción del mariscal Bernardotte como rey de Suecia cuando se extinguió la dinastía de Holstein-Gottorp y tras ser adoptado por el rey Carlos XIII. Es la fórmula que se utilizó en España con el duque Amadeo de Saboya. Los príncipes daneses asumieron el legado griego que configura nuestra identidad como europeos y el reto que representaba reinar en un territorio tan complejo con una extraordinaria dedicación y amor su pueblo. Es algo que ha caracterizado a Doña Sofía, que es una mujer extraordinariamente culta y de una gran sensibilidad social. Es la herencia de una familia que dio grandes reyes en los países que gobernó. No hay más que ver el cariño de los daneses y lo ejemplares que han sido sus reyes y príncipes.

La familia real griega tuvo que partir al exilio durante la Segunda Guerra Mundial tras ser invadido el país por alemanes e italianos. Su padre, el príncipe Pablo tuvo que sufrir dos exilios previamente en aquellos años complejos del periodo de entreguerras. La muerte de su hermano Jorge I en 1947 hizo que se convirtiera en Pablo I reinando hasta su muerte en 1964, en que fue sucedido por su hijo Constantino. Por tanto, Doña Sofía nació en una familia que sufrió situaciones complejas, incluida una guerra civil emprendida por los comunistas para instalar una dictadura tras la Segunda Guerra Mundial. Desde pequeña mostró un gran interés por la cultura de su pueblo y la atención a los más desfavorecidos. Una obra de juventud con su hermana, recientemente publicada en España, muestra que hubiera sido una excelente arqueóloga. Tras casarse con Don Juan Carlos, emprendieron juntos el difícil camino de recuperar el trono español y que la Monarquía fuera de todos los españoles, incluidos los que son republicanos. La ejemplaridad de su trayectoria explica el cariño que despierta, pero no hubiéramos podido encontrar una reina mejor.

Todos los que han tratado con ella señalan su carácter afable, su simpatía e interés. La sensibilidad social es un aspecto muy interesante, porque sobrepasa lo que sería el marco estricto de su condición de reina. Es algo que ha vivido y sentido desde pequeña. El éxito de la Monarquía de Don Juan Carlos, como artífice de la Transición y la consolidación de la democracia, ha tenido en Doña Sofía una colaboradora decisiva sin que su positiva influencia buscara ningún protagonismo especial. Es la grandeza de una mujer excepcional que ha tenido siempre muy presente que su papel era servir a su país de adopción, al que ha querido con la misma intensidad que a su amada Grecia. Doña Sofía es el fiel exponente de lo que tiene que ser una reina moderna, que asume las tradiciones y la historia pero que tiene como horizonte permanente el servicio público. Esa ejemplaridad en el ejercicio de sus funciones es lo que aprendió de aquellos dos grandes reyes que fueron Pablo I y su mujer, la reina Federica.