Con el Código de Hammurabi

Datada hacia 1.700 antes de Cristo, esta compilación de normas y reglamentos son el legado jurídico más antiguo de que se tiene noticia. Arqueólogos y lingüistas que siguen las pistas de la civilización babilónica aventuran que hay textos del Código de Hammurabi que se aproximan a leyes civiles y penales de nuestra contemporaneidad, y eso es lo inquietante. Según Hammurabi, a un imputado se le podía introducir un hierro al rojo vivo en la boca en una suerte de prueba de Dios. Si el sumariado sonreía jocoso y conservaba la lengua, se daba por sentada su inocencia, pero si quedaba marcado, mudo o muerto se constataba su culpabilidad y se le pasaba a otro verdugo más explícito. La variante testifical es ese atavismo, que persiste, de poner las manos en el fuego por alguien, que tantas generaciones de grandes quemados ha deparado. El presidente Rajoy y la nata del PP están bajo el Código de Hammurabi dudando entre la peste bubónica y el cólera morbo mientras la hambrienta y amnésica dirección socialista se apresta a derribar a Rajoy, a un año del triunfo del PP por mayoría absoluta. Rubalcaba y su Casandra Elena Valenciano huelen la sangre, y les perturba al punto que devienen en Sansón derribando el templo de los filisteos porque la caída de la fachada de Génova 13 supone el derrumbe de Ferraz. Unas delirantes elecciones anticipadas no darían el poder al PSOE, a más que su repercusión internacional convertiría la «prima» en «suegra» de riesgo, volviéndose a acercar el rescate que este Gobierno ha sabido esquivar. La Muralla China conservó al Imperio del Centro y el PP tiene que abrir una fosa kilométrica ante el perillán de Luis Bárcenas, so pena quedar asfixiado por una pérfida y enredada contabilidad escolar. Por salud democrática se debe desactivar la bomba retardada de Bárcenas. Total, Rajoy está en una trampa que le obligará a pasar por el laringólogo como si le juzgaran en Byblos. No seamos hipócritas y releamos a Gibbon en su «Auge y caída del Imperio romano»: «La corrupción es el síntoma más infalible de la libertad constitucional».