Con o sin pacto

S i los españoles hubieran deseado un acuerdo de socialistas y populares para salir de la crisis no hubieran concedido respaldo tan mayúsculo a Rajoy. Eligieron a Rajoy para sacar a España del abismo al que fue conducida por ocho años de ilusionismo. Este capital de confianza ha garantizado una estabilidad política que ya hubieran deseado para sí otras naciones vecinas en apuros extremos. La gobernabilidad ha permitido al Gobierno adoptar decisiones difíciles y urgentes, algunas erradas, otras mal explicadas, pero muchas inevitables, sin necesidad de tener que sumar apoyos. Ha puesto en marcha reformas incómodas sufriendo el desgaste en soledad. No podía ser de otra manera. En esta política de bajo vuelo que nos atrapa, a nadie le apetece irritar con malas noticias a quienes luego tendrá que pedir el voto. Tampoco promover los cambios necesarios, siempre engorrosos, para adaptarnos a los nuevos tiempos. Los procesos de modernización liquidan privilegios y combaten ineficiencias. Nos obligan a vivir de otra manera. No son gratos. Pero cuidado con el señuelo que un Rubalcaba en apuros ha puesto en circulación. El consenso no es un valor en sí mismo. Implica renuncia y, parafraseando a Thatcher, puede acabar en algo en lo que nadie cree y a lo cual nadie se opone. Rajoy y Rubalcaba pueden coincidir en exigir más liquidez a Alemania, pero la emisión de dinero no sustituye a las reformas. Si al PSOE le ha sobrevenido un arrebato de patriotismo, ahí tiene las pensiones, convertidas en bomba de relojería por una evolución demográfica inapelable. Su reforma viene obligada, con crisis o sin ella, lo aconseje Merkel o no. Y la inacción no es opción.