España

Curados de espanto

Aznar no es simpático. Desde luego, no tiene la sonrisa en la boca las 24 horas del día como tenía Zapatero mientras en apenas dos años dejaba el país en quiebra. Tampoco Dios le dio la labia de su antecesor, Felipe González, ni su capacidad de seducción en el cuerpo a cuerpo aunque supieras que te estaba vendiendo una burra ciega. Aznar era, y sigue siendo, otra cosa que nada tiene que ver con el arte del fingimiento que tan arraigado está entre una parte significativa de la clase política española. Cuando hace una semana concedió la entrevista a Antena 3 sabía perfectamente que después le iban a llover críticas desde todos los frentes, y que quienes no le perdonan que consiguiera gobernar cuatro años en minoría, con un éxito tan indiscutible que su reelección se produjo por una mayoría como nunca antes había tenido el centro derecha en España, se iban a cebar con sus declaraciones hasta la náusea. Porque algunas de las cosas que se han dicho y escrito en los últimos días sobre el ex presidente sólo se pueden entender desde posiciones sectarias y ese odio africano con el que le llevan distinguiendo desde hace dos décadas algunos de los especialistas en señalar la paja en el ojo ajeno. Los mismos que, cuando España crecía y se creaba empleo, le negaban el pan y la sal, y se situaban detrás de las pancartas en manifestaciones donde se proferían insultos gravísimos contra él y su Gobierno amparados en la impunidad de esa falsedad que asegura la superioridad moral de la izquierda. Al día siguiente de la entrevista con la que los informativos de A3 se apuntaron un éxito periodístico de primer orden, Rubalcaba declaraba su espanto por las palabras de Aznar. Pero la realidad es que mucha gente en España, a pesar de que se nos quiera hacer creer lo contrario con la agitación callejera, está curada de espanto después de los 21 años de gobiernos del PSOE.