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La Razón
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El miércoles, a las nueve menos cuarto de la noche, me metí en un autobús. Me puse la radio a todo meter, concretamente una emisora de cumbias que encontré. Intenté fijar la mirada en un punto, sin mover los ojos. Si muevo los ojos y veo a alguien haciendo con el puñito gestos, me da un perreque aquí mismo, pensé. Llegué a casa. Me crucé en el portal con dos vecinos a los que no dirigí la palabra, no fueran a sonreírme de más. ¿Y si no me sonríen? ¿Es que habrá pasado algo? Ay, Dios mío. Abrí la puerta de la casa como si fuera la habitación del pánico. Aquí estoy a salvo, me dije. Ahora echo cuatro vueltas de llave y pongo la tele a todo meter. En el último cuarto de hora de la primera parte del Atleti-Barça, en mi casa Anthony Hopkins descubría que su señora esposa le estaba siendo infiel con un inspector de policía. Gol de Griezman. Anthohy Hopkins le pega a la mujer un tiro en la frente. Aparece el policía, y antes de la segunda parte, Hopkins había jurado una declaración. He sido yo, la he matao. Ryan Gosling hace de fiscal a punto de irse a un bufete privado. Empieza la segunda parte. Anthony Hopkins se retracta. Ahora dice que no ha sido él, que ha sido el amante de la mujer. No puedo, no puedo más. Los vecinos de arriba patalean y por el extractor del baño se cuelan sus gritos. Cierro la puerta del baño. Sube Filipe e Iniesta mano. Penalti. Ryan Gosling se encabrona y piensa: ahora me voy a quedar a darte lo tuyo, Anthony Hopkins. A ver el partido. Mano de Gabi. Pa qué lo pongo, Dios mío, si sufro como una perra. Hopkins se señala justo el lado de la cabeza donde le pegó un tiro a su mujer. Pita el árbitro. Final. The End. Y acaba bien.