Disney, dice

Ayer se cumplieron cincuenta años de la muerte de Walt Disney, ese hombre que pasó por contribuir como pocos al entretenimiento y ser, prácticamente, el padre del cine de animación. Todo mentira: era el Sam Peckinpah de los dibujicos. Me llevó mi madre siendo pequeña a ver «Fantasía» y me eché una siesta que ni un borrego. Vaya tostón y vaya sueño me dio el Monte Pelado, todas las pijadicas de Tchaikovsky y las películas familiares. Después de eso, vamos a ser sinceros, a mí lo de este señor me pasó rozando la chepa. O sea, que ni lloré con «Dumbo», ni con «Bambi», es decir, yo era una nena con la sensibilidad de una alfombrilla de baño. Crecí sin interesarme en absoluto este rollo, sin curiosidad por los colorinchis, ni por Mickey ni por el Pato Donald. Es más, yo creo que a la gente que imita la voz del Pato Donald habría que retirarle el pasaporte. Bien, crecí, engordé, mi madre comenzó a cuidar a dos niñas y regresó al mundo Disney para descubrir la crudeza que albergaban esas películas inmundas, donde los protagonistas no tienen madre, o padre y sufren todo tipo de calamidades. Mi madre me lo dijo pero yo no hice mucho caso. Hasta que llegó mi hora. De pronto apareció en mi vida una princesa llamada Rebeca y de puro amor la acompañé a ver ese horror que es «Frozen». Y vimos en el sofá toda la serie de Disney, y los vídeos de «Cars», «Nemo», «Monstruos», «El Rey León», «La Sirenita», «Mulán», «Toy Story», «Up». ¿Se puede ser más mala persona que ese señor? ¿Se puede haber dejado más semilla de reconcome del malo en sus guionistas actuales? ¿Un pez con discapacidad? ¿Un leoncito huérfano? ¿Unos juguetes abandonados? ¿Boo, asustada con sus coletas? ¿Dos hermanas que se adoran, separadas, y un príncipe que resulta ser un tronista? ¿Carl Fredricksen viudo? Walt Disney, hijo mío, ¿qué será lo próximo? ¿Grupo Salvaje II?