El derecho a decidir

En estos últimos días –en realidad, desde al menos una generación– se insiste acerca del derecho a decidir. Desde luego sin tener en cuenta ni la complejidad del tema, ni que se trata de una cuestión condicionada, desde la persona misma, por un conjunto de estructuras comunitarias, en interacción en un tiempo largo. Hay, de entrada, la exigencia de un detenido examen si se quiere conocer el orden en que esas estructuras se constituyen en partes de un todo –el mundo histórico, que tales estructuras ha constituido– condicionando el individualismo, pero de ningún modo determinándolo. También es imprescindible conocer el sentido del término decisión, pues se emplea con distintos significados.

Ferrater Mora lo presenta en cuatro contextos filosóficos. El «metalógico», que concierne tanto a los «procedimientos de decisión» cuanto a los «métodos de decisión»; se aplica a partir de teorías científicas y, casi siempre, también a los procedentes de mitos vulgares, o son de interés individual. Un segundo grupo radica en la elección sobre varias alternativas; también se denomina «teoría de los juegos» y se conoce como «teoría óptima», ligada al cálculo de normas y al sentido de las preferencias. En tercer lugar, el grupo de «ideas» simultáneas con acción y elección, en el que no existe lógica objetiva. En cuarto lugar, el grupo que Ferrater califica como «existencial», por mantener relación con la Existencia, que no elige entre opciones sino necesidades.

Para estar en condiciones de comprender el «derecho a decidir», que se esgrime con tanta alegría como insistencia, será necesario aproximarse al lenguaje de Jean Paul Sartre, en el cual las cosas no son, sino que son en sí, con objeto de deducir o inscribir opiniones de personas o grupos funcionales, es decir, inferir puntos de vista de personas o grupos, que consideren que aquello que se elige es lo que es querido por quien lo propone, cuando en realidad es lo que ellos quieren que sea. Heidegger lidera, a este respecto, una importante opinión intelectual, en la cual analiza la decisión como algo centrado en el ser y, en consecuencia, se alinea frente a la teoría sartriana que considera –y así lo expone– la existencia suspendida de la nada.

Así pues, ¿qué elegir, la existencia sobre la nada o la existencia centrada en el ser? El pensamiento fenomenológico de Husserl, critica a los existencialistas, señalando agudamente que el concepto de libertad absoluta es, en realidad, equivalente a una idea de libertad negativa, lo que es, en rigor, «la libertad para la nada». Es claro que tan clara contradicción en términos esenciales generará una amplísima disyunción –importante término empleado por el pensador español Julián Marías en su sugerente libro «Antropología metafísica»–, campo en el que resulta inevitable instalarse para profundizar con rigor la tremenda dispersión de opiniones personalistas en las que se incurre en el complejo mundo de opiniones del campo de la Existencia y de la Comunicación.

En todo caso, como puede apreciarse, la toma de decisiones constituye una cuestión de enorme complejidad, en especial por la grave oscilación entre la teoría científica, sobre la cual debería pesar toda caracterización de una decisión: la peculiaridad individualizada. En ella intervienen factores de gran diversidad, apoyada además en supuestos jurídicos, y, en fin, diversas y casi siempre contradictorias corrientes culturales de distintas épocas, sobre la cuales sólo pueden establecerse precisiones y, por tanto, valores dativos que nunca podrán ser sustantivos.

En definitiva, siempre son usados argumentos basados en ejemplos libertarios, que tratan de corregir supuestas desigualdades, siempre centrados en el principio erróneo de ser «dueños de uno mismo», defendidos, por añadidura, por acérrimos del libertarismo, unas veces para conseguir beneficios, otras atendiendo a un principio libertarista. Otras toman como base la desconcertante filosofía política de Robert Nozick detallada en su libro «Anarchy, State and Utopía» (1974), donde se defiende un libertarismo extremo y polémico de desigualdades inmerecidas, por lo que reclama el «derecho a decidir» sobre el argumento supremo de ser dueño de uno mismo. Nozick predica un Estado mínimo para impedir violar los derechos de los individuos, portadores de derechos y reflejo de la idea kantiana subyacente a que «los individuos son fines y no simples medios». En consecuencia, no pueden ser sacrificados sin su consentimiento para el logro de otros fines. John Rawls, autor de «A Theory of Justice» (1971), defiende una síntesis sociopolítica que combina la democracia liberal, la economía de mercado y el Estado de Bienestar. Tales teorías son consideradas por el profesor de la Universidad de Viena, Eric Voegelin, «movimientos de masas gnósticas» que, partiendo de la intelectualidad o grupos pequeños de filiación ideológica, pueden alcanzar la masificación, originando una considerable desmembración de ideas o conceptos, conducentes a opiniones y argumentos del «sí mismo», con graves consecuencias en la formalización de conceptos racionalistas.