El europeísmo español

La Razón
La RazónLa Razón

En nuestro país no hay partidos políticos de los que antes se llamaban euroescépticos y ahora son clara y descaradamente anti-Unión Europea. Lo más parecido a un grupo de esas características lo forman los compañeros politólogos, que se exaltan –un poco– con la patria greco-bolivariana. Aun así, no deja de ser significativo que debutaran en la vida política casi adulta en unas elecciones al Parlamento de Estrasburgo. Son antieuropeos... en sordina, y sin levantar del todo una bandera que en España no es popular.

Se puede relacionar esta adhesión casi incondicional a la Unión con la realidad de que, hasta ahora, los españoles hemos sido receptores netos de fondos. Ya lo estamos dejando de ser, y tal vez esto cambie la situación. Aun así, sería preferible pensar que nuestros compatriotas no son tan cicateros y que ,después de treinta años de recibir dinero, estarán dispuestos a contribuir al desarrollo de países menos ricos y avanzados. Sospecho que va a ser así.

Otro dato es que en nuestro país no existe un nacionalismo español, es decir, no se da la exaltación de rasgos propios frente a una amenaza interna o externa. Por eso no hay ninguna razón de fondo para imaginar la UE como un riesgo para la soberanía nacional, tal como ocurre en Francia –en trance de suicidarse, según un best seller monumental de los últimos meses– o en Gran Bretaña, según los extremistas anti inmigración. Los españoles no somos receptivos ante estas formas de nacionalismo xenófobo. Por tradición (durante mucho tiempo España fue mucho más que la Península) y por historia reciente (la incorporación a la Unión nos devolvió nuestra naturaleza de país europeo) seguimos identificados naturalmente con la idea de una Europa en trance de unificación, aunque sea con pérdida de soberanía nacional.

Quizás convenga profundizar un poco en este último punto. Las élites políticas e intelectuales españolas se han negado o han sido incapaces, en estos casi cuarenta años, de articular la idea de nación española. Han procedido por tanto al curioso experimento de construir una democracia sin nación. Es posible, por tanto, que los españoles intuyan que sin un firme anclaje en la Unión Europea nuestro país volvería a ser un escenario inestable e inseguro. A falta de consenso y lealtad nacional, lo que nos mantendría juntos es aquello que para otras naciones parece resultar disolvente. Ortega decía, muy razonablemente, que la idea de Europa antecede a las naciones que la constituyen. Nuestro caso confirma esta observación.