Opinión

El Ferrari de Albert Rivera

Pablo Iglesias se presenta a las próximas elecciones haciendo frente a su enésimo fraccionamiento, el de Íñigo Errejón que, más allá de que sus votos puedan venir del PSOE, de Podemos o de ambos, es todo un símbolo de la descomposición interna a la que han llegado los morados, recuerden, aquellos que no venían por el poder, sino por la gente.

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Entre deserciones y confluencias, cada una de su palo, nunca hemos visto al líder podemista más desnutrido. Seguro que en su eterno conflicto entre inteligencia y soberbia, buscará alguna manera de intentar maquillar el sablazo electoral que le darán las urnas para, si fuese capaz de salvar los muebles, volver a la intransigencia que le caracteriza.

El otro “partido emergente”, Ciudadanos, apenas se ha mantenido en la superficie antes de volver a hundirse, nadie sabe hasta dónde ni hasta cuándo. Rivera no adolece de ataques de soberbia ni se beneficia de momentos de brillantez, su mal ha venido porque sin haber cumplido los 18, políticamente hablando, le han puesto a los mandos de un ferrari con el que ha terminado estrellándose.

Al comienzo de la campaña electoral todos daban por hecho la debacle de los naranjas. Quedarse con la mitad o menos del electorado ya es una ruina en sí misma que no soportaría ni el mismísimo Pedro Sánchez.

Pero, cuando parecía que nada podía ser peor, Rivera ha encontrado la manera de que lo sea, de pronto se ofrece al PSOE para la gobernabilidad de España y, además, desempolva del museo arqueológico a UPyD, que parece que seguía registrado como partido político.

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Lo peor de todo es que ni siquiera está engañando cuando anuncia estas cosas, sencillamente está tan asustado que no solo diría, sino que haría, lo que fuese para evitar lo que le pronostican.

Albert Rivera no se merece los escaños que ha tenido y tampoco los que intenta desesperadamente tener. Puede que a estas alturas dé igual lo que quiera hacer con los diputados que le den los españoles el 10N porque es posible que sean insuficientes incluso calculando el puñado de diputados de Errejón o, también es probable, que a partir de las elecciones, Rivera no pueda seguir dirigiendo su partido porque no se lo permitan sus compañeros.

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Hace cinco años que irrumpieron en el panorama político nacional estos dos nuevos partidos que llegaban para echar a la “vieja política” y a “regenerar las instituciones”. No ha sido necesario mucho tiempo para comprobar lo que daban de sí.

En realidad, solo han servido para generar incertidumbre e ingobernabilidad, no tanto por sus posiciones políticas, en algún caso ininteligibles por los continuos bandazos, en otras cegados como adolescentes que han jugado a ser adultos.

El bipartidismo imperfecto made in Spain habrá adolecido de muchos defectos y los partidos habrán cometido numerosos errores, pero llevamos desde el 2015 sin un gobierno estable, sin presupuestos y sin paciencia. La partida a dos siempre ha sido mejor para España que la partida a cuatro.