En nombre de Alá

La Razón
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A la hora en que Obama certificaba que la matanza de California fue un ataque yihadista, o sea, fruto de la guerra santa, Hillary Clinton ya había explicado que nunca dirá «radicales islámicos». Los políticos afines se contraprograman para deleite del adversario. Hay que estirar el cuello y marcar territorio. Desbaratar complicidades. Crearse una mística particular. Hay que evitar quedar encerrados en el subconsciente nacional como más de lo mismo. Hillary no quiere que pensemos «que le hemos declarado la guerra a una religión». No haríamos «justicia al gran número de musulmanes pacíficos en este país y en todo el mundo». En Bataclan gritaban Alá de puro notas. Se creen muy píos pero, viene a decir la candidata, también podrían invocar como casus belli el final de «Los Soprano». Que no gustó a nadie y no por eso hablaríamos de «sopraneros radicales» o estigmatizaríamos a David Chase. Muy razonable, aunque con tanto insistir que el criminal es bobo olvida que existen escuelas salafistas que segregan odio como la viuda negra seda. Monarquías que financian el circo. Clérigos de barba pelirroja que odian Occidente. Rebanadores de cuellos. El islam no es sinónimo de barbarie, faltaría, pero encuentra difícil combatir el dogmatismo antiilustrado. Abundan sus feligreses cabreados con la libertad. Gorilas de cuchillo fácil. Dueños de un mapamundi mental cruzado de relámpagos. Obama, libre de elecciones a las que presentarse, se lo recordó a Hillary cuando afirmó que «una ideología extremista se ha diseminado dentro de algunas comunidades musulmanas. Es un problema real que los musulmanes deben afrontar sin excusa». Nos creemos muy tolerantes y hacemos bien en cuidarnos de la xenofobia. Luego ya, ciegos de complacencia, perdemos el discernimiento y abrazamos al verdugo. Queremos traerlo al redil repartiendo caramelos. Comérnoslo a besos. Al mismo tiempo que invocamos excitados la bondad natural del hombre los partidarios de una ideología enemistada con la separación de poderes embrujan a los huérfanos de Kabul y los ninis de los barrios franceses. Prometen el paraíso. A diferencia de otras religiones, que aprendieron a convivir con el otro, con el infiel y el apóstata, el islam carece de Renacimiento y de siglo XVIII. Tampoco es cierto que este terrorismo sea nuevo porque cotiza en internet, hace de las masacres un videojuego o contrata publicistas. El terror siempre buscó titulares. Conquistar los índices de audiencia supone entrar en la casa de todos y defecar sobre la alfombra las huevas del miedo. Olvidar que cabalgan un tigre dogmático, creer que cometemos una injusticia si hablamos de la religión que exhiben, revela santurronería falsamente integradora. Para que el Islam genere anticuerpos debería de reconocer en su organismo el cáncer que lleva a la metástasis. En las mezquitas sufragadas por el petróleo tienen claro los motivos del odio y el destinatario de la espada. Quieren fusilar a Voltaire en «prime time» y alardean de que encerrarán en un sótano a las majas cubistas de la calle Avignon. Quieren liquidarnos en París como a Vallejo, «tal vez un jueves, como es hoy de otoño». El fundamentalismo religioso, hoy islamista, siempre ha existido. Mata en nombre de Alá, pero Hillary habla a los lectores del «New Yorker».