Estocolmo, ciudad lírica

La Razón
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Si hace un año traía a estas líneas la ópera de Zagreb y la larga relación de cantantes y directores croatas, hoy viajamos a Estocolmo. La capital sueca, que apenas pasa de un millón de habitantes en su municipio para alcanzar los dos en su área metropolitana, cuenta con un teatro de ópera casi tan impactante como el de Zagreb, aunque éste quizá lo sea más por el carácter exento de su edificio en la impresionante plaza de Tito. El de Estocolmo, que se halla casi al borde del agua, tuvo su inauguración en 1782 con una obra sueca y ante la presencia del rey Gustavo III. Durante un baile de máscaras en 1792, en su vestíbulo, fue tiroteado el rey y falleció una semana después. Verdi recogió este episodio en su «Ballo in maschera». Al hijo, Gustavo IV, ni le gustaba la ópera ni que la gente se divirtiese donde su padre fue asesinado, por lo que decidió cerrarlo. Se volvió a abrir en 1809, una vez depuesto, pero acabó siendo demolido en 1892 para construirse un nuevo edificio diseñado por Axel Johan Anderberg. Oscar II lo inauguró en 1899 con una ópera sueca de Franz Berwald. En este edificio neoclásico destacan su vestíbulo dorado, la escalera de acceso a una sala también llena de dorados con capacidad para mil doscientos espectadores y su foyer.

Frente a la entrada de artistas se yergue un busto de Jussi Bjoerling, uno de los más famosos tenores suecos y a pocos metros se halla la calle ajardinada que lleva su nombre. Junto a ella, la de otra artista célebre, Birgit Nilsson, que sigue de actualidad por el premio musical dotado con un millón de dólares –el Nobel de la ópera– y que han recibido Domingo, Muti y la Filarmónica de Viena. Hay quienes dudan de que premiar a figuras consagradas y millonarias sea un aliciente para los jóvenes.

Pero estos dos nombres no copan la relación de artistas suecos. A ellos hay otros muchos que añadir. Del pasado lejano quizá la figura más representativa sea Jenny Lind (1820- 1887), apodada «el ruiseñor sueco», que estudió con Manuel Vicente García y debutó a los 18 años en la Ópera de Estocolmo con la Agata de «Der Freischütz». Más cercano es otro de los grandes del siglo pasado, Nicolai Gedda (Estocolmo, 1925), poseedor de una técnica envidiable. Su Arnoldo de «Guillermo Tell» en la grabación con Gardelli ha tenido muy pocos rivales. La lista se completa, entre otros, con Gösta Winbergh, Sigrid Onégin, Elisabeth Söderström, Birgit Finnilä, Anne Sofie von Otter, Peter Mattei, Ingvar Wixell, Anna Larsson, Irene Theorin o la muy actual Nina Stemme, de algún modo heredera de Nilsson. Estos días triunfa en la Ópera de Estocolmo la soprano croata Lana Kos –volvemos al Zagreb del inicio– como Violeta en «Traviata».