José María Swanson

¿Necesitaba Aznar relanzar su cartel por razones de vanidad? ¿Sale a la palestra porque no puede contener su vena de estadista? ¿Fue acaso el suyo el arrebato de alguien que necesita para su satisfacción personal la luz del televisor, igual que ansiaba Gloria Swanson la luz del cine en su sobreactuada presencia en «El crepúsculo de los dioses»? El caso es que el ex presidente ha hecho una aparición rutilante, en algún sentido demoledora, no sabe uno muy bien si porque es un patriota herido por el supuesto mal gobierno de la nación o porque siente cómo fragua dentro de si el mármol para su estatua. Como yo lo veo desde mis dudas, Aznar no ha utilizado esta irrupción para medirse contra el presidente Rajoy, sino para probar cuál es a día de hoy la repercusión social de sus frases, el impacto de su rostro de antes sobre las miradas de ahora, como cuando Camilo Sesto se trabaja un programa de televisión para comprobar cómo acepta el público la talabartería de su rostro recién resucitado y cómo encaja la audiencia su peluquín nuevo. Hay personas que no se resignan al segundo plano y necesitan una reaparición estelar para sentir cómo reverdece en su organismo el escalofrío lejano de la celebridad, ese sobrecogimiento casi premamá en el que los elegidos presienten el alumbramiento de la posteridad, la sutil larva de la Historia. Ahora queda por conocer la reacción de Rajoy, ese tipo ambiguo, discreto y reservado que ha ganado todas sus partidas si necesidad casi de haberlas disputado. Parecen personalidades distintas, incluso a veces contrapuestas. Aznar se crece con la luz y Rajoy medra al amparo de la penumbra. Y mientras el ex presidente renace en un glamour a medio camino entre la alta política y el No-Do, Mariano sigue a lo suyo con la aburrida discreción de quien sabe que, cuando no se puede contener, lejos de ser una virtud, la notoriedad es una patología.