La bondad ilustrada

Antes que a Antonio Mingote, yo conocí y traté con su padre, un alto empleado de Unión Musical, compositor y arreglista orquestal, que me atendía con extrema amabilidad. Porque yo pretendía ser también autor de canciones y hasta las registré en la Sociedad General de Autores. Mingote padre me aconsejaba y me ayudaba a descubrir versiones pianísticas de obras sinfónicas. Era un sabio modesto y un hombre adorable. Yo le entregué un par de canciones –música popular, de baile– y le pedí que me las orquestara para ofrecerlas al conjunto que actuaba en la sala de baile «Las palmeras», muy frecuentado entonces. Le dije que era pobre –lo cual, estaba muy a la vista– y que me cobrara poco o compartiese los derechos.

¿Y qué pasó? Que no me cobró nada. ¡Era extraordinario! Un día, en la Academia, se lo conté a su hijo. «Fíjate cómo se portó tu padre conmigo, como si se lo hubieras pedido tú mismo».

Ese lazo tan entrañable me unía más a Mingote, tan generoso, tan comprensivo y tan inteligente como su padre. Y creador de un mundo gráfico tan sugerente y poderoso como lo fuera el de un Walt Disney castellano. Historia gráfica de toda una época, admirable humanista, consolador de interrogantes, angustias temporales, políticas, morales, coyunturales... Sabio y santo humorista, sin mordacidad, piadoso y gracioso, un caso único en su género. En el mundo de la viñeta y la ilustración fue como un gurú mágico, un sanador y animador del espíritu, un curandero apaciguante y estimulante. No sabía cómo explicarle el fenómeno que para mí suponía esa ironía sin hiel que desplegaba sus alas a lo largo de toda su obra, no tenía palabras. Tan bondadosa inteligencia me parecía tener mucho de apostólico. No me atrevía a decirle: «Tú eras un caricaturista santo y es el público mayoritario quien te ha canonizado». Y así es, en efecto. En el vasto universo de la ilustración gráfica no tiene quien se le compare. Es un raro, un fuera de parva. Mi comparación con Disney no la traigo a humo de pajas. Aunque a muchos les parezca un colaboracionista un tanto demoníaco, objetivamente era un demonio angélico, fundador de ciudades ilusionistas. Esto es un hecho incontrovertible. Como incontrovertible es la rareza y singularidad de Mingote, pensador y filósofo dibujante, académico de la lengua... ¿Conoce nadie un caso parecido? Ni Daumier ni Grandville ni Doré ni Tenniel – gran ilustrador de Alicia– llegaron a tener un reconocimiento tan merecido, tan definitivo ni tan alto. En el aniversario de su muerte, recuerdo la buena sonrisa de su padre, que ya le regalaba una ilusión y un estímulo al pobre chico de posguerra, confinado en una dictadura que tantas puertas le cerrara.