Historia

Enrique López

La nueva Inquisición

La Razón
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Tal día como hoy, 31 de julio de 1826, en la Plaza del Mercado de Valencia, tuvo lugar el último auto de fe realizado en España contra Cayetano Ripoll, condenado por hereje contumaz a morir en la horca y ser quemado después. Por aquel entonces, se había humanizado la ejecución de la condena, ya no se consentía tan horrible espectáculo. La sentencia disponía que la quema no fuera real, sino simulada por medio de llamas pintadas en un cubo, dentro del cual se pondría el cadáver para ser luego arrojado al río. Un decreto de 15 de julio de 1834 abolirá definitivamente el Tribunal de la Inquisición, y ello como consecuencia del Estatuto Real promulgado en España en abril de 1834. Recordemos que este Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición fue una institución fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos. Resultó todo un logro conseguir que el hereje no fuera quemado vivo, procediendo a la simulación del mismo. Hoy en día asistimos a un nuevo formato de este tribunal en determinados programas de nuestras televisiones, donde algunos ilustrados contertulios no son capaces de aportar nada imaginativo al tema de actualidad, sino es sobre la base de la descalificación personal de los afectados, soslayando cualquier aportación mínimamente objetiva u orientativa del tema debatido. El problema es que en la actualidad la ortodoxia la define lo que se ha denominado lo políticamente correcto, locución que se aplica en un sentido amplio para describir la afiliación con la ortodoxia política o cultural, tratando de que el lenguaje no cause ofensa o rechazo de un determinado grupo, eso sí, al que se elige por este nuevo tribunal, nada santo, del oficio de la tertulia televisiva. Dentro del ejercicio de este espectáculo, casi siempre se elige a algún miembro de la tertulia como el heterodoxo, aquel cuyos comentarios al margen de su acierto suelen generar cierta hilaridad en la mayoría del grupo y que por lo general suele ser el más objetivo y acertado. No seré yo el que genere alguna duda a la necesidad de que el lenguaje público obedezca a un mínimo canon de educación y corrección, pero entendida esta como respeto a los demás, a lo singular y también a lo plural, a las minorías y las mayorías, en suma, respeto a todos, porque, como dijo Ayn Rand, la minoría más pequeña del mundo es el individuo y aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías. Resulta paradójico observar como tertulianos presos de este «correccionismo» puedan dilapidar y desollar a personas en concreto y solo por el hecho de que no compartan sus códigos ideológicos o pretendidamente éticos. A lo que tenemos que negarnos es que esta corrección devenga en un pensamiento único, que a la postre se convertirá en ausencia de pensamiento. Yo me quedo con la diversidad de opiniones y argumentaciones, las cuales deben ser sopesadas para ver cuál «pesa» más, mientras que el pensamiento único no es pensamiento, sino que se convierte en una creencia y sus defensores en un Tribunal de la Inquisición.