Mirando a Europa

Las elecciones al Parlamento Europeo han ocupado los días pasados la parcela más grande en todos los medios de comunicación. Es evidente que a todos los sectores políticos preocupaba de manera especial el incremento previsible en la abstención. Y esto nos lleva a descubrir que para muchos de los ciudadanos no aparecía ni aparece claramente explicado el tema central: ¿qué es Europa? En otras palabras, cuando a ella nos referimos ¿qué queremos decir? A los historiadores es un asunto que nos preocupa extraordinariamente, ya que tras los errores cometidos asoman ahora terribles deficiencias en el ejercicio de la «europeidad». Las universidades están en crisis: mejor diríamos en confusión. Este elemento capital, que Europa inventó, ha perdido las dimensiones que el Humanismo le asignara. Lo importante era educar y formar a las personas, poniéndose los saberes al servicio de esta misión. Ahora las hemos convertido en escuelas técnicas, muy necesarias sin duda, pero pagando por ello innecesariamente un precio excesivo. Los resultados no pueden ser buenos.

Europa nació como una consecuencia del cristianismo, cuando éste rompió los estrechos límites del ecumene greco-latino, introduciendo germanos y eslavos en sus amplias variedades étnicas. Desde este planteamiento se trataba de asumir como un rico patrimonio aquellas verdades que provenían del judaísmo y del helenismo, definiendo y enriqueciendo la persona humana. Aquí está una de las claves sobre la que deberíamos reflexionar: personas y no individuos, simple número, como ahora preocupa. Ha habido en toda la propaganda política un signo que desde el Vaticano se ha señalado: ninguna referencia al cristianismo. Olvidamos que fue precisamente el que logró dar a la cultura europea esas dimensiones que harían que tuviese que ser asumida por todas las demás, mostrándose además capaz de recibir aportaciones.

Pero el cristianismo, como forma de cultura, se acomoda a una definición de la persona que forma parte de la naturaleza. Maimonides y Tomás de Aquino, desde bases distintas, lo explicaron bien, y la Iglesia, en 1344, lo recordó. La persona está dotada de condiciones y de derechos que deben definirse como naturales ya que responden al orden de la Naturaleza y de este modo la administra y conserva. El orden ético natural no es un producto de la voluntad humana.

Europa, que en 1947, despertada por Churchill, verdadero señor de la guerra, y encabezada por tres católicos de raíz, Adenauer, Schumann y De Gasperi, había encontrado de nuevo el camino que perdiera tres siglos antes, ha conseguido algunos avances que resulta imprescindible valorar. Pero, al mismo tiempo, se ha dejado arrastrar por otros que conducen a las metas contrarias que la Naturaleza lleva consigo. La voluntad de las nuevas ideologías hace depender la ética de la cambiante voluntad humana. Indudablemente descubrimos ya dos cosas: la falta de respeto a la persona aún no nacida y el olvido de que, en esa gestación de un nuevo ser humano, hombre y mujer, de formas diversas pero indispensables, han de intervenir: las feministas reclaman el derecho de la hembra a matar aquel molesto ser que llevan dentro, pero no mencionan siquiera el papel que el varón tuvo que desempeñar en el acontecimiento. En los discursos políticos de nuestros días echamos de menos las referencias claras a los problemas éticos. La cultura europea se trasladó también a América, en donde recibió algunas aportaciones que no deben olvidarse, aunque penetraron en ella de tal forma que no es posible apreciar. Cuando uno contempla esa especie de santuario civil que en Washington custodia el original de su Constitución, tiene la sensación de que se encuentra a sí mismo. Y cuando asiste a una misa en los franciscanos de Santiago de Chile, sabe que está en presencia de un patrimonio común. Esto es, precisamente, lo que nuestros políticos deberían sentirse llamados a defender. Afirmemos especialmente la unidad. Es lo que nos recomendaban los padres de Europa que antes mencionamos, en la década de los 40. El predominio que se está dando de manera absoluta a los problemas económicos –y no pretendo hacer una crítica gratuita– puede hacernos olvidar el eje sustancial de la tarea. Tenemos que afirmar nuestra unidad, ya que precisamente en ella es en donde las pluralidades que el suceder histórico creara adquieren su verdadero valor e importancia. Unidad en la pluralidad, ésa es la forma de vida política superior. Y entre nosotros ya lo dijeron los Reyes Católicos, que fueron capaces de sacar a Cataluña de una crisis para situarla en la cúspide del Mediterráneo.

Deberíamos enseñar a nuestros jóvenes más Historia de Europa. Pero aquí, con el desfase de las autonomías, parece que estamos siguiendo el camino opuesto, tal vez porque ciertos intereses económicos se sienten favorecidos si se acentúan las líneas de la diversidad: no ama a Bosnia o a Eslovaquia o a Ucrania o a Escocia el que pretende convertirlas en islas separadas dentro de un océano. Al contrario, las conduce por el camino que permite a los demás servirse de ellas como de instrumentos. Y en España, desdichadamente, parece que queremos ir más lejos, destruir lo que ya estaba unido inventando leyendas que conculcan la conciencia histórica. Amar es entregarse a aqual que se ama. No lo olvidemos. Y ahí se encuentra la base esencial del cristianismo, que es la esencia misma de la europeidad.