Niños misioneros

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Ocurren en las aulas desmanes tan exagerados que llevan a los niños a quitarse la vida. Los episodios de acoso escolar, «ciber bullying», violencia contra el profesorado son crecientes. Con natural sensibilidad, las autoridades implantan protocolos de actuación e intentan formar a los chicos para que no se agredan, desprecien o se maltraten los unos a los otros.

He de reconocer que las religiosas Mercedarias de la Caridad con las que me eduqué trabajaban todos estos problemas sociales sin necesidad de asignaturas extras ni protocolos, y con mayor éxito. En realidad, buena parte de la educación que recibimos los chavales que crecimos en los 70 y 80 excedía el mero currículo académico. Formábamos parte de una época en la que se pensaba que de nada servía ser el primero en Matemáticas o Latín si eras un sinvergüenza. Quizá porque eran monjas católicas y creían en el pecado, no dejaban al albur la formación moral.

Cuando una alumna nueva llegaba al colegio, especialmente si presentaba problemas físicos o psíquicos, las profesoras nos indicaban expresamente con quién se había de sentar y quién debía cuidar especialmente a esa persona. Si te burlabas de alguna por gorda, miope o boba y lo presenciaba algún maestro, se te caía el pelo. Jamás me pusieron una mano encima, pero temíamos el castigo más que un nublado, entre otras cosas porque el padre o la madre lo duplicaban en casa. Para las religiosas de mi infancia, educarse era convertirse en un buen cristiano.

Es curioso que, al desmontar la tradición educativa del humanismo cristiano, se está desmoronando la educación en sí. De súbito es preciso inculcar el respeto a la mujer, el respeto a la diversidad, el freno al maltrato ajeno, la vigilancia del ciber-acoso... me pregunto si nadie va a caer en la cuenta de que son todo expresiones de una sola cosa: el respeto a uno mismo y a los demás.

Alguien, en algún momento, ha reducido la educación a formación académica con ánimo de promocionar una supuesta libertad, y el resultado es la barbarie. Urge empoderar de nuevo el conocimiento del ser humano como depósito de dignidad, simplemente.

En ese proceso, eran de mucha utilidad cosas que hoy apenas se conservan, como ayunar por los que no tienen qué comer, escuchar la plática de los misioneros que venían de todo el mundo o postular con una hucha para arrimar el hombro.

Este domingo es el de la infancia misionera. Los colegios agnósticos ni se enterarán, pero habrá niños privilegiados a los que sus maestros enseñen que no todo el mundo disfruta de la vida que llevamos, que conviene echar una mano y que llevar el nombre de Jesús a todas partes equivale a afirmar que todos somos iguales y dignos. No se pueden imaginar la de protocolos que se van a ahorrar los niños que celebren la infancia misionera.

Es una buena oportunidad para reflexionar con los críos sobre el tamaño del mundo, sus graves problemas y la posibilidad de solucionarlos entre todos. Una excelente ocasión para hablarles de los 15.000 misioneros españoles a los que es fácil ayudar.