Nostalgia del bipartidismo

Preguntados acerca de una posible coalición entre Partido Popular y PSOE, y otra de PP con Ciudadanos, muchos españoles consideran esta última más deseable, o al menos más verosímil. La respuesta se puede interpretar de dos maneras, por lo menos. Una indicaría que PP y Ciudadanos conforman naturalmente un centro derecha como aquel que hasta hoy mismo encontraba su expresión en el PP. La otra vendría a sugerir que esta alianza sería la realización de la gran coalición de la izquierda y la derecha, la misma que el PSOE rechaza. De ser cierto esto último, tal vez estaría surgiendo un nuevo bipartidismo con Ciudadanos en el lugar del socialismo.

Un modelo bipartidista se basa en un eje claro, aunque no estanco ni inflexible, que distingue entre una opción de izquierda y de derecha, entendidas como una cuestión de orden general. Requiere también la lealtad de estas dos organizaciones a un marco constitucional (y nacional) firme, lo que reduce la distancia entre ambas, las empuja hacia el centro del espectro político y reduce la posibilidad de que organizaciones extremistas alcancen el poder. El bipartidismo necesita además grandes organizaciones políticas, capaces de suscitar coaliciones sociales de amplio espectro donde tengan cabidas ideas, intereses y posiciones muy diferentes.

En líneas generales, y visto desde fuera, es la forma en la que ha funcionado el sistema político español hasta ahora. Los detalles cambian esta interpretación demasiado idílica. Cuando ninguno de los dos partidos lograba formar una coalición social suficiente para articular la mayoría absoluta en las Cortes, el más votado solía buscar, y encontrar, el respaldo de los nacionalistas, convertidos en la bisagra del sistema. Además, los dos grandes partidos han tenido problemas para mantenerse en el centro. Durante mucho tiempo, el Partido Popular no fue capaz de convencer al electorado que representaba algo más que una fuerza de derecha. Y después, desde por lo menos 1996, le viene ocurriendo algo parecido al PSOE. Cada una de estas dos etapas corresponde –con matices importantes– a los periodos en los que uno de los dos grandes partidos ha cedido la hegemonía al otro (AP y luego PP, entre 1982 y 1993, y el PSOE desde 1996).

Así que el bipartidismo del que hablamos como característica del sistema político español hasta la fecha de hoy, debería ser matizado. En realidad, uno de los dos grandes partidos que lo conforman quedaba excluido del poder cuando los votantes percibían que había abandonado el centro. Los votantes españoles han castigado (salvo en 2004, pero las circunstancias fueron excepcionales) a los partidos que abandonaban su vocación centrista.

El «bipartidismo» del que hoy parecen celebrarse los funerales podría ser interpretado por tanto, más que como un auténtico sistema bipartidista, como la expresión de un deseo no del todo satisfecho de bipartidismo auténtico. Las dos grandes organizaciones que han ocupado el poder desde 1982 lo han hecho por ser, o por ser percibidos como los únicos capaces de defender el sistema democrático liberal.

La crisis parece haber acabado con este peculiar «bipartidismo» con tendencia al partido único. Le ha costado mucho, es verdad. En 2011, el reflejo natural del electorado español fue refugiarse en la alternativa que entonces era el PP, al que otorgó una mayoría abrumadora, muy difícil de repetir en cualquier otra circunstancia. El desgaste, y la falta de reflejos, han acabado pasando factura y ahora parecen inalcanzables situaciones como las que antes eran usuales, cuando entre el PP y el PSOE se repartían hasta el 80% de los votantes. Lo que viene a partir de ahora no está claro. Como el PSOE ha abdicado de cualquier vocación centrista y compite con Podemos para ver quién se sitúa fuera del sistema antes, más y mejor, estaríamos en trance de volver al sistema de partido único, aunque esta vez con dos partidos en la (extrema) izquierda.

Aquí es donde entra Ciudadanos. No sabemos si Ciudadanos ha jugado bien sus cartas al mantenerse durante toda la campaña en la ambigüedad con respecto a su posible apoyo a una izquierda cada vez más degradada en la demagogia y la política mágica. En el último momento han corregido la posición y se han postulado como defensores del sistema ante una posible «coalición de perdedores». Aun así, siguen sin garantizar la estabilidad de un gobierno del PP si este gana las elecciones de hoy. Así que con un PSOE rendido en brazos de Podemos y unos Ciudadanos que han tardado mucho en clarificar –y no del todo– su posición, a lo mejor vamos a volver al régimen de único partido centrista y leal al sistema.

La consigna según la cual el bipartidismo ha sido uno de los responsables de los males de nuestro país ha servido para intentar desbancar a los dos grandes partidos tradicionales, no para plantear una auténtica alternativa al «bipartidismo». Es una consigna tan paradójica, que permite al PSOE insinuarse como partido antibipartidista, lo que constituye todo un record. Entretanto, es posible que los resultados de las elecciones de hoy puedan ser interpretados, una vez más, como la expresión de un deseo frustrado: el de un bipartidismo auténtico, con dos alternativas capaces de alternarse en el poder porque disputan el espacio del centro, no porque una de ellas (o las dos) lo han desertado. Cuando hayamos probado las delicias del multipartidismo, es decir la inestabilidad, la ingobernabilidad y la politiquería de la peor estofa, a la catalana, puede que ese deseo se convierta en un clamor.