Ocho segundos

La Razón
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Corrían los tiempos del pelotazo. Aventuraba José María Stampa que el codicioso y ladrón grupo de los nuevos ricos del momento terminarían llegando a Jockey, Horcher o Zalacaín en barco. –Estos son capaces de cualquier cosa–. En Jockey, precisamente, invitado por José Manuel Lara Hernández, el genial fundador del Grupo Planeta, siempre acompañado de su mujer María Teresa Bosch, viví una escena divertida. Con el viejo Lara, que no se cortaba un pelo en sus palabras y opiniones, todo podía suceder. Y sucedió. En la mesa contigua sentaron a Javier De la Rosa y Javier Godó. Y Lara reclamó al «maitre». – Por favor, aléjelos de mí, que vivo en Barcelona en la misma casa que ellos y me aburren una barbaridad–. Y fueron alejados. Vivían sus dos hijos varones, José Manuel y Fernando, y Lara ya intuía el camino que iba a recorrer el todavía camuflado separatismo catalán. –Les he ordenado a mis hijos que Planeta salga de Barcelona si algún día estos mequetrefes declaran la independencia–. Falleció Fernando en accidente de circulación. Era un hombre bueno y conciliador, enamorado de las ediciones de autor. Su mejor amigo, José Creuheras, ocupó su lugar. José Manuel Lara Bosch respetó la orden de su padre cuando el separatismo se quitó la careta. Sólo con una duda. Si trasladar Planeta a Madrid o a Sevilla. Lara padre, que era del Pedroso sevillano y nunca perdió su acento andaluz, le contagió a su hijo, nacido y vivido en Barcelona, su amor por Andalucía. Su mujer, extremeña, le acompañó en esa cercanía. También fallecido, ocupó la presidencia de Planeta José Creuheras, el íntimo amigo y albacea de Fernando, al que le han bastado y sobrado ocho segundos para cumplir con la orden del viejo patrón. Planeta a Madrid.

Como español, jamás me he sentido tan insultado, vejado y despreciado como el martes 10 de octubre por un despropósito de ser humano apellidado Puigdemont. Cuando habló de la «brutalidad policial», de «los resultados del refrendo» y de la limpieza del mismo, me estaba llamando idiota. Teatro desagradable y pactado el guión con la CUP. Los que ignoraban el pacto, unos miles de ingenuos separatistas, se llevaron el chasco de su vida. Pero es innegable que durante ocho segundos, Cataluña fue proclamada República Independiente. En ocho segundos se marchó de Cataluña Planeta acompañando a las grandes sociedades y centenares de Pymes que ya lo hicieron o lo están documentando en estos momentos.

El tiempo del delito no alivia el delito. Una violación de ocho segundos es tan delictiva como otra de dos horas. Un atraco a mano armada de ocho segundos no es menos que un atraco de treinta minutos. Puigdemont, Forcadell, Turull, Trapero, Gabriel y demás banda, llevan años delinquiendo. Pero el gran delito lo cometieron durante ocho segundos. En el noveno, llegó la cobardía y la decepción de los tontainas. Se declaró la DUI y se firmó posteriormente. Es decir, el delito se consumó, y no por su brevedad es menos grave. Las falsedades y el odio del discurso previo pueden ser rebatidas mediante la palabra y el debate. El delito cometido es competencia de los jueces.

Turull ha adelantado la buena disposición de los separatistas para eso que llaman «diálogo» y tanto gusta a Sánchez e Iglesias: «La independencia es innegociable, pero queremos dialogar». ¿De qué, Turull, si la independencia es innegociable? Me preocupa la disponibilidad al diálogo de una parte de los miembros del Gobierno de España. Un Gobierno que está reunido cuando escribo, y que de comportarse como tal y de acuerdo con las leyes, tendrá que aplicar el 155 de la Constitución que votó el 93% de los catalanes. Sin miedo. No fue posible que los multimillonarios llegaran a los grandes restaurantes de Madrid en barco. Pero sí es factible que los traidores a España sean llevados ante los jueces en furgonetas policiales. El dinero huye de las cloacas, y la orden del viejo emigrante sevillano que levantó un imperio, se ha cumplido.