Ovejas en la galería

La Razón
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La pasada semana, el mundo del arte contemporáneo en España reaccionó con visceralidad ante la «instalación» con que Boyer Tresaco quiso singularizarse para celebrar el centenario del urinario de Duchamp. Bajo el título de «Furtivos», no ha tenido otra ocurrencia que encerrar un rebaño de ovejas en la madrileña galería «Theredoom», en un modo de lanzar un mensaje tan literal como aparentemente anacrónico: los agentes del mundo artístico no son más que borregos que, por su falta de crítica y personalidad, se han conducido tras el señuelo ridículo lanzado por Duchamp a través de su «Fountain». La polémica ha venido por dos cuestiones de calado que han sido concitadas en este «gesto artístico»: la primera es la concerniente a la utilización de animales en un espacio artístico. Atrás quedaron los tiempos en los que un Beuys o un Kounellis podían utilizar animales vivos en una galería sin consideraciones éticas. O aquellos 90 en los que Damien Hirst se permitía exponer cuerpos enteros o troceados de animales vivos. Pero ese contexto de sensibilidad no es el que prepondera en la actualidad. Y mientras es lícito que un artista pueda tener campo libre para hacer con su cuerpo aquello que le venga en gana, el empleo de otros para sus caprichos debería estar sancionado por ley. Mención aparte merece que haya quien no ha superado el «caso Richard Mutt». Máxime cuando, como sucede con Boyer Tresaco, rechaza infantilmente su materialización en forma de un urinario convertido en obra de arte, pero se sirve de los caminos abiertos por Duchamp para exponer un rebaño. La estrategia es similar, aunque el grado de cinismo es notablemente diferente. Sin el urinario, él jamás podría haber realizado esta obra. Así que, además de conservador, su grado de incongruencia y de autorreflexión solo merecen la denuncia y la indiferencia.