Primer contratiempo del nuevo reinado

El procesamiento de la Infanta Cristina supone el primer contratiempo serio del reinado de Felipe VI. Se veía venir. El juez Castro se ha salido con la suya provisionalmente. A pocos les ha sorprendido su decisión examinando su trayectoria en este caso contra la opinión del fiscal, del abogado del Estado y contra todo lo que se le pusiera por delante. Toca acatar la decisión judicial sin rechistar. Es lo que han hecho en la Zarzuela. «Pleno respeto», al menos hacia fuera. La última decisión, antes de sentar en el banquillo a la hermana del Rey, la tendrá la Audiencia de Palma. Hasta ahora lo más fuerte es lo que ha dicho el fiscal, Pedro Horrach: «La Infanta ha sido imputada por ser quien es». Si llevara razón, se comprobaría que la Justicia no es igual para todos, y el juez Castro quedaría al borde de la prevaricación. Ahora habrá que ver si se aplica a Doña Cristina la «doctrina Botín», según la cual no basta la acusación particular, que es el caso, para sentar a alguien en el banquillo. De todas formas, el mal para la Corona ya está hecho y no se sabe bien si le beneficia o lo perjudica más que la Infanta sea procesada o que quede libre, cuidando a sus hijos.

La oportuna abdicación del Rey Juan Carlos ha impedido males mayores. Con la proclamación de su hijo, las hermanas de éste han dejado de formar parte del círculo cerrado de la institución. En torno al nuevo núcleo de la Casa Real se ha trazado con el relevo un cortafuegos. Y para preservar la institución, el nuevo Rey había sacrificado hacía tiempo los contactos con la familia Urdangarín, hasta el punto de que su hermana Cristina ni siquiera estuvo presente en los actos de su proclamación. Para todos los de la Casa es una situación dolorosa, y a nadie ha extrañado que la Reina Sofía volara hace unos días a Suiza a visitar a su hija en este duro trance. Es imposible que el humo del incendio no siga llegando a los salones de palacio, aun después de que Castro se monte en la moto, se ponga el casco y se vaya de vacaciones. Lo mejor es precisamente que se acerca, por fin, el desenlace judicial de este engorroso caso, una larga pesadilla para la Familia Real y un jolgorio mediático que ha adquirido dimensiones desproporcionadas por el hecho de ser vos quien sois. La única ventaja es que esto ha servido de lección práctica y de advertencia sobre el deber de ejemplaridad.

Sea lo que fuere, esto, como digo, estaba previsto y, en parte, el daño, amortizado. El «caso Urdangarín» ya no va a deteriorar mucho más a la Corona, si, desde la Zarzuela, se actúa con inteligencia y sensatez, como parece, sin aspavientos ni interferencias indebidas. Los primeros pasos del Rey Felipe VI parecen muy medidos. Pero la tarea no será fácil. Ha sorprendido, por ejemplo, fuera de España y en amplios sectores de dentro, la forma cómo ha roto con la milenaria tradición católica de la Monarquía española, sin un solo gesto religioso, dando la razón aparentemente a los sectores laicistas, para los que la religión es un asunto privado sin proyección social alguna. Sin duda se ha atenido a la aconfesionalidad de la Constitución –que no es, por cierto, una Constitución laica y que incluye un trato especial a la Iglesia católica–, para poder ser así Rey de todos los españoles. Pero el equilibrio en esto es difícil y muy delicado. Una cosa no quita la otra. Y éste es un asunto sumamente sensible a lo largo de toda la Historia. Sin duda, Don Felipe se propone, con buen criterio, ser Rey de la España laica, pero se supone que sin dejar de serlo de la España católica. Ésta es una pugna latente y muy importante, casi la única que pervive de aquellas «dos Españas» que nos helaron el corazón un día. En determinados ambientes católicos produce, por ejemplo, extrañeza que reciba antes en audiencia a los colectivos de homosexuales y lesbianas que a los obispos. Seguramente es una crítica infundada. Además fue en el contexto de una amplia representación variopinta de oenegés. Chocó la novedad. Es muy fuerte la cultura dominante, más bien «progre», que conoce bien Doña Letizia. Eso no quita que, a juzgar por las actuaciones parlamentarias de estos días, la Corona aparezca hoy, significativamente, más segura todavía por la derecha que por la izquierda. A Don Felipe le toca mantener el equlibrio y ser Rey de unos y de otros. Esto es mucho más importante a la larga que los líos de familia y los efectos perniciosos del procesamiento de su hermana y de su cuñado, el antiguo jugador de balonmano.