¿Silenciosa o silenciada?

En Cataluña la vida sigue con normalidad más allá de las grandes agitaciones políticas que los partidos salidos de la Transición han provocado. Esos partidos han gestionado una sociedad plural, con amplias diferencias de criterio, de una manera tremendamente torpe. A remolque siempre de tacticismos y estrategias de corto alcance, han ignorado la libre voluntad de esa sociedad hasta llevarla a una situación absurda. En lugar de escuchar a la gente, han intentado adoctrinarla, obligarla, e imponerle la visión particular de sus respectivos proyectos políticos. El pacto, el debate, que en teoría era la característica principal de esa sociedad en el plano político, ha desaparecido de una manera fehaciente y seria. El resultado es que, a día de hoy, la sociedad catalana se halla tensada entre los partidarios de las libertades individuales y los partidarios de la libertad colectiva (quién quiera que sepa dónde empieza y dónde acaba esa libertad y ese supuesto interés colectivo).

Cada día se habla más de la mayoría silenciosa, pero cabe preguntarse si el adjetivo es exacto y no se trata más bien de una mayoría silenciada. Basta comprobar el simple dato objetivo de las horas que dedica TV3, la emisora pública autonómica, a dar cobertura a los partidarios del secesionismo y compararlo con los escasos minutos que dedica a sus contrarios. TV3 vuelca todos sus recursos posibles en magnificar, informar detalladamente de cualquier iniciativa como la cadena humana por la Independencia y ningunea, o recoge solo sesgadamente, la opinión de los catalanes que deseen manifestarse a favor de la Hispanidad. En los coloquios y análisis de los medios autonómicos, es tabú abordar de frente y a calzón quitado temas como la elevada abstención en las elecciones regionales o en el Estatuto. Figuras locales de amplia trayectoria intelectual, cuyo diagnóstico sería interesante para iluminar la complejidad del asunto, no son llevadas a esos debates por desafectos al catalanismo y sus voces no se escuchan, sus aportaciones se pierden. En Cataluña, después de todo lo sucedido en el nivel de los medios informativos, ya nadie puede arrogarse la autoridad moral como para hablar de la voluntad de un pueblo. Y ese ha sido el principal y torpísimo fracaso del catalanismo, porque para existir necesita un pueblo y no el actual guiso de facciones, sobredimensionadas unas y ninguneadas otras. Pero en esa mayoría silenciada, sea de la orientación que sea, es donde residirá el futuro de la región, guste o no a los grandes manitús de la propaganda institu-cional.

Un viejo adagio de la resistencia dice que una insurgencia frente al poder, si no es erradicada del todo, en el fondo gana. Con la enorme catedral propagandística que el catalanismo ha creado sólo ha conseguido que los catalanes sientan que les falta «algo», pero no saben lo que es. Y ya lo dijo Marcel Proust en su inmensa «En busca del tiempo perdido»: las catedrales solo serán adoradas hasta el día en que, para preservarlas, haya que renegar de las verdades que su construcción nos ha enseñado.