Sondeos como armas

La Razón
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Tengo un amigo al que la semana pasada llamaron para hacerle una encuesta telefónica. A pesar de que era domingo, de la hora –pasaban las dos de la tarde– y de que sus hijos estaban ya preparados para asaltar el Burger vecino, contestó amablemente a todas y cada una de las preguntas tipo ametralladora que le iban haciendo. No llegó el examen a los cinco minutos, pero me aseguró que necesitó todo el estrés familiar de la comida para recuperarse. Él, que es un votante convencido del Partido Popular, se armó de valor para sortear todas y cada una de las preguntas que intentaban convencerle, no sólo de que no iba a votar a Rajoy, sino de que su líder era lo más parecido a un cruce entre Hitler y el hombre del saco. Pero aguantó el hombre.

El caso es que he leído las cuántas encuestas de este fin de semana. En algunas hablan de empate técnico entre Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera. En otras preguntan por el líder que más les preocupa –a mi amigo sólo le preguntaron por el que más confianza le daba para resolver los problemas de España– y en alguna otra hablan, tras aclarar que la encuesta responde sólo a 1.200 entrevistados, de un proceso de refinamiento –ríanse de la cocina del CIS– que ha dado lugar al empate que dicen que se va a producir.

El caso es que, nos guste o no, las encuestas se han convertido en un arma arrojadiza de la campaña electoral: ¡de qué si no iban a estar en los debates los líderes de Ciudadanos y Podemos! Lo malo es que, además de ser un arma, se han convertido en la plasmación –quizá por la estrategia del entrevistador– de la frivolidad de nuestra sociedad. Algunos creen ya que los mejores gobernantes son aquellos que mejor sonríen o que hacen mejores gracias en sus programas televisivos. O incluso los que escriben mejores y más ocurrentes tuits. A otros les parece gracioso ver a los políticos hacer el ridículo, pues así se pueden reír un rato de ellos sin darse cuenta de que esa levedad y estupidez se puede trocar en desgracia si llegan, como han llegado al poder.

Las encuestas señalan una posibilidad, pero también un estado de ánimo, un sentimiento. Dios quiera que ese sentimiento no acabe, como en Cataluña, pidiendo la independencia.