Un guiño a la lealtad constitucional

Las circunstancias, la expectativa, las palabras de Don Juan Carlos al anunciar su abdicación el pasado 2 de junio, requerían que el Rey Don Felipe pronunciara un discurso programático en el que definiera su proyecto para España. No se trataba, claro está, de buscar el aplauso. Se trataba de señalar el marco en el que Felipe VI quiere que se desarrolle su reinado y de hacer comprensible la acción que quiere realizar. Es un esfuerzo que debemos agradecer. Demuestra que el Rey es consciente de los problemas que afectan a todos sus compatriotas, que está dispuesto a abordarlos todos, incluidos los más difíciles, y que confía en la capacidad de los españoles para solucionarlos mediante la palabra, el diálogo y la inteligencia.

Los dos puntos centrales de la intervención fueron la unidad de España y la Monarquía, la Monarquía constitucional. La relevancia que les ha dado indica que conforman los dos grandes desafíos políticos que tiene por delante. En cuanto a la identidad de nuestro país, Felipe VI ha unido su reinado, es decir su vida y su obra, a la permanencia de la unidad de España. Claro que en España caben todas las formas imaginables de sentirse español: las lenguas, las culturas, las tradiciones, las costumbres. Ahora bien, tendrán que incorporar siempre la dimensión española y estar incluidas en el marco común a todos. No es un mensaje cualquiera, y deslinda con claridad lo que es aceptable y lo que no lo es. En España, y bajo Felipe VI, cabemos todos, como ha dicho el propio Monarca. Romper el marco nacional, intentar quebrar la unidad de la nación, es una vía cerrada, impracticable.

En cuanto a la Monarquía, Don Felipe ha reafirmado, como no podía ser menos, su lealtad al compromiso constitucional. Parece algo evidente, pero no lo es del todo en estos momentos. Y dentro del marco constitucional, que es un marco democrático y aceptado por el conjunto de los españoles, el Rey ha manifestado su intención de cumplir las funciones y responsabilidades que le reserva la Constitución: neutralidad ideológica, sin duda, pero también moderación y arbitrio del funcionamiento de las instituciones. No se debe esperar, por tanto, ninguna acción excepcional fuera de los cauces establecidos (afortunadamente, el Rey no hizo ninguna referencia al detestable término de «regeneración»). El Rey lo es por su puesto en la Dinastía pero sobre todo por su obligado respeto a la Constitución. Dentro de esos cauces, en cambio, el Rey se acaba de comprometer a profundizar los cauces de convivencia, a promover los consensos, a defender la estabilidad. El Rey ha insistido en definirse a sí mismo como Monarca constitucional y, consciente de las exigencias de un momento nuevo, también ha puesto el acento en la ejemplaridad de la conducta. De nuevo, se debería ver en estas palabras una propuesta programática: para la Casa Real, sin duda, pero también para quienes le acompañaban en las Cortes. El Rey ha puesto el listón más alto. Eso debería empezar a notarse en quienes vayan accediendo, a partir de ahora, a los puestos dirigentes. El nuevo reinado empieza con un Monarca que pide más integridad, más preparación, más consistencia intelectual, ética y política. No es pequeña cosa.

Como es natural en quien a partir de ahora representa la permanencia de la nación, Felipe VI ha hablado con generosidad de un pasado que sustenta el presente que él representa: de su padre, el Rey de todos los españoles, de la Reina Doña Sofía –de quien subrayó la dignidad–, y también de la generación que consiguió traer la democracia a España. En ese recuerdo no podían faltar, y no han faltado, las víctimas del terrorismo. Sobre su sacrificio se sustenta todo el edificio de nuestra convivencia. Y en todos ellos cifró los valores de libertad, responsabilidad, esfuerzo y tolerancia que se le inculcaron y aquellos en los que él, junto con la Reina, está educando a la Princesa de Asturias y a la Infanta Sofía.

Y fue a partir de la afirmación de la unidad de nuestro país, una España diversa y plural, cuando el Rey propuso los grandes motivos de una renovación social y económica. El empleo es la clave de fondo, pero para conseguir la prosperidad que lo produzca, Don Felipe insistió en la educación, en la cultura, en la innovación. Es un diagnóstico realista, y novedoso, de una situación que exige mucho más que contemplar con nostalgia un pasado que no va a volver. También obliga a todos, en particular a la generación del Rey y a los que vengan a partir de ahora, a tomarse radicalmente en serio su futuro y, en consecuencia, el futuro de su país. No estuvo de más, en esta perspectiva, la referencia al papel de España en el mundo, con un diseño sencillo y ambicioso a la vez, de cuáles son las líneas estratégicas: Europa, América (en particular los países iberoamericanos) y el Mediterráneo, Oriente Medio y el norte de África.

Felipe VI se ha propuesto algo más ambicioso que preservar y continuar el extraordinario legado de su padre, el Rey Don Juan Carlos. Se trata de estar a la altura del reto que ese legado le propone: ir más para ser leal, leal a España. Eso es lo que el Rey ha venido a decirnos a todos los españoles en éste su primer gran y memorable discurso.

* Profesor de Literatura Española e Historia de las Ideas Políticas en la UPCO, doctor en Literatura de España y licenciado en Filología Hispánica por la Complutense