Tres siglos de un anacronismo

La Razón
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Hoy se cumplen trescientos años de la firma formal del Tratado de Utrech entre Gran Bretaña y España, que ponía fin a la Guerra de Sucesión y, entre otras cuestiones, cedía el Peñón de Gibraltar a la soberanía británica. Tres siglos con una constante: la inferioridad militar española frente a los ingleses, más acusada a partir del siglo XIX, ha hecho imposible revertir la situación.Tanto tiempo transcurrido tiene, sin embargo, la ventaja de no tener que llamarse a engaño sobre las intenciones de la potencia colonizadora. Como Gibraltar, también la isla de Hong Kong, en China, fue adquirida a perpetuidad por Londres tras la infamia que se llamó «Guerra del Opio», una agresión contra el Imperio Celeste, en decadencia, por el que se obligaba a la corte de Pekín a tolerar la venta y el consumo del opio en su territorio, único producto que los comerciantes anglosajones conseguían vender con grandes beneficios. Si hoy Hong Kong ha vuelto a la soberanía china – el 1 de julio de 1997 se produjo la retrocesión– se debe, exclusivamente, a que la relación de fuerzas había cambiado en detrimento de la Gran Bretaña. No puede decirse lo mismo en la cuestión de Gibraltar. La colonia no sólo representa una indignidad para España, un país que ha conseguido, por fin, salir de la postración secular internacional, se encuentra entre las principales economías del mundo, forma parte de la Unión Europea y de la OTAN ,y ha sido leal en sus acuerdos con la Gran Bretaña. Un país, no hay que olvidarlo, que no ha dejado de reivindicar la soberanía del Peñón por todos los medios, sin que importara el régimen del Estado o el color político del gobierno de turno. Llegados a este punto, tras unas inacabables negociaciones al amparo de las resoluciones de la ONU que Londres nunca ha tenido la menor intención de culminar, no cabe otra solución que llevar al ánimo de los británicos la convicción de que la colonia es una fuente de problemas. Desde siempre, excepto el breve paréntesis del cierre de la Verja, Gibraltar ha sido un parásito que ha lastrado el desarrollo social y económico de su área de influencia. Foco de contrabando y tráficos diversos, paraíso fiscal y corruptor de las relaciones financieras, sus treinta mil habitantes han llegado al súmmum de disfrutar de una renta per cápita del doble que la metrópoli. Compiten deslealmente y, todo hay que decirlo, en buena parte gracias a la complicidad de personas y empresas de este lado de la verja que, por ejemplo, proporcionan la arena y los materiales con los que ganan, metro a metro, terreno al mar. Lo último es el reclamo de unas aguas territoriales extraportuarias que están expresamente vetadas en el Tratado de Utrech. Como lo está, también, la comunicación terrestre. A lo mejor ha llegado el momento de aplicar estrictamente lo firmado un 13 de julio de 1713.